Ser mamá de dos.

He cumplido mi primer año como mamá de dos y me parece mentira. El primer año de mi hijo mayor se me hizo eterno, no fue un niño fácil, ni lo es a día de hoy. Pero el primer año de mi segundo hijo se me fue en un suspiro, tanto que cuando llegó su primer cumpleaños pensé “¿en serio?, ¿ya?”

Y no es que se me hiciera corto, es que este primer año como mamá de dos fue tan agradable y tan bonito de vivir, que lo he disfrutado infinitamente.

El estar en casa con ellos sola para todo, durante todo el día, no siempre fue fácil, pero la ayuda de mi mayor fue el condicionante para que todo saliera rodado. Me vi enferma, de forma fea y varias veces, y sola, pero salí adelante.

Este primer año como bimadre me ha reforzado tremendamente, me he dado cuenta de que tengo más valor y fuerza de la que yo pensaba, y ha sido un chute de energía y orgullo propio que no se compra en ningún sitio. Es algo que necesitaba, y me ha ayudado a reconciliarme mucho con mi primera maternidad, con todas sus sombras y sus lágrimas, y también con esa mamá primeriza y perdida que fui un día. Hoy la abrazo con todas mis fuerzas, porque lo pasó bastante mal pero gracias a ella me he convertido en quien soy.

En una madre que no espera por nadie para salir a la calle con sus dos hijos, que aunque se esté muriendo levanta la cabeza y sigue, que ha comprobado que es cierto que el amor se multiplica y hasta límites insospechados, y sobre todo, en una madre segura de lo que hace y de lo que tiene que cambiar.

Los patrones de la infancia no ayudan, pero con el tiempo me he dado cuenta de que esto se trata de soltar lastre, de abrazar a tu niña interior y comprender sus dolores no atendidos, y dejarla ir para construir nuevos valores y aprendizajes de la mano de tus hijos.

He llegado hasta aquí y lo he hecho genial, hoy lo veo. Así que si he podido con esto podré con cualquier cosa que surja. Porque la vida está hecha para vivirla, disfrutarla y aprender de ella. Y qué mejor aprendizaje que hacerlo junto a tus hijos y a su ritmo.

Yo aprendo cada día, ellos son mis maestros. Me enseñan a ver la vida de otra manera, que no importa si la cama está hecha o el suelo está sucio, que lo importante es quedarte con la parte bonita de todo lo que te ocurre y nunca perder la sonrisa. Gracias a ellos he aprendido que el tiempo perdido no vuelve, y que esto no se trata de mirar atrás constantemente y fustigarte porque no hiciste aquello de la mejor manera, sino dejarlo ir, seguir adelante y tratar de mejorar por el camino.

Soy hija única, y cuando veo a mis hijos encontrarse entre sonrisas y abrazos por la mañana, compartir momentos de todo tipo durante el día, buscarse, acompañarse, jugar y reír a carcajadas, me doy cuenta de que tomé la mejor decisión del mundo cuando quise tenerles, y que todo es más bonito porque ellos están en mi vida, revolucionándolo todo a gritos y con juguetes tirados por todos sitios.

Mucha gente me dice que no tendrían un segundo ni en broma, y que bastante guerra tienen con el primero. Me preguntan que cómo lo hago y me piden experiencia de cómo es pasar de tener un hijo a tener dos.

Cómo lo hago no lo se, me dejo guiar por ellos y poco a poco todo va saliendo. No hay más. Pero lo que sí tengo claro es que pasar de un hijo a dos no fue ningún problema.

La gran revolución fue tener el primero, adaptar mi vida, mis necesidades humanas y mi mundo a su ritmo de vida, a su forma de entenderlo todo y a sus intereses en la vida. Mi hijo mayor es un niño muy sensible pero terco como él solo, y no lo pone fácil en casi ninguna ocasión que te imagines. Es un niño que deja el listón alto. Me lo puso muy difícil en sus tres primeros años, y aún hoy hay veces que siento que no he terminado de pillarle el ritmo, porque siempre se me escapa por algún lado cual anguila eléctrica sin darme cuenta. Sin embargo, él me enseñó mucho, casi todo lo que soy hoy se lo debo a él, y es por él que mi segunda maternidad está siendo un camino agradable, porque con él tuve que aprender a empujones, a tropiezos y caídas, y eso me ayudó a llegar a la segunda maternidad con un bagaje difícil de cultivar en escuelas.

Ser madre es dejar fluir, acompañar, enseñar y ayudar en la medida en que ellos lo reclaman. Crecer libre, seguro, independiente y capaz es el mejor regalo para un niño, y eso no es tan difícil de ofrecer si no tratamos de forzar los esquemas hacia nuestros intereses e intenciones.

Creo que mis hijos han venido al mundo con las cosas claras y los intereses bien enfocados, y mi mayor desafío es descubrirlos y acompañarles en el camino. Todo lo demás, se va solucionando como va llegando.

Ser mamá de dos. El desafío más bonito y más enriquecedor de mi vida.

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