Hablar de la muerte a los niños

Hay temas que no siempre queremos hablar con nuestros hijos, o no estamos preparados para ello, pero la vida nos pone a prueba constantemente y tenemos que salvar los baches como van viniendo. Sin embargo, hablar sobre la muerte con los niños es más sencillo de lo que parece, si usamos las palabras correctas. Es un tema delicado de tratar, más en cortas edades que no entienden mucho del tema, por lo que es necesario dar información concreta, real y sin muchas decoraciones.

Hace poco hemos pasado por este proceso con nuestro hijo mayor (4 años y 7 meses) porque falleció su abuelo paterno y, aunque no vivía con nosotros, necesitábamos contarle lo más pronto posible para que entendiera porqué no iba a estar en su casa cuando fuéramos de visita. Por eso, quiero hablarte de nuestra experiencia por si te sirve para aclarar dudas en el momento en que tengas que hacerlo con tus hijos.

Partimos de la base de que la muerte no debe ser algo malo. Es una machetazo para los que nos quedamos, por supuesto, pero cuando se trata de transmitirles la noticia a los niños debemos evitar utilizar malas palabras que puedan confundirle y asustarle más de la cuenta.

Debemos tratar el tema tal y como lo sentimos nosotros. Es decir, si eres una persona creyente y consideras que tu fallecido ha ido a un mundo mejor y ahora está a salvo de todo daño, transmite eso a tus hijos. Si consideras que somos energía y nos transformamos, explícaselo por ahí. Ninguna variante es más válida que otra, la mejor es la que tú sientes correcta. Lo importante es que tengas una explicación para cada una de las dudas que le van a surgir y eso sólo se consigue creyendo en lo que estás diciendo.

No le decores la situación, sólo lograrás confundirle, ni utilices términos como que “está en el cielo”, “voló a otro lugar” o “se durmió para siempre“. Se realista, cuando miras al cielo no hay personas, ni las personas vuelan, y dormirse para siempre da bastante miedo y puede provocar pánicos innecesarios. Los niños son prácticos, claros y no aceptan medias tintas. No les confundas.

En nuestro caso, creemos en la separación de cuerpo y alma, entendiendo el cuerpo como un “envase” donde vive el alma hasta que llega el momento de separarse, y el alma es lo que somos realmente. Y así se lo hemos explicado a nuestro hijo.

Principalmente le hemos dado la teoría para luego informarle de que es eso lo que le ha pasado a su abuelo.

Consideramos mejor que entienda lo que ocurre primero, antes de tener que asimilar que le ha ocurrido a alguien a quien él conoce.

Por esa razón le hemos dicho que dentro de nosotros hay una luz que no podemos ver, que es el alma y es la que nos da vida, las que nos hace sonreír, movernos, y sentir cosas, pero llega un momento en que el cuerpo de la persona y el alma tienen que separarse, y es algo que ocurre normalmente cuando somos muy viejitos y tenemos muchos años (si ocurre algo cercano en alguien joven, responderemos sus dudas, pero consideramos que era buena idea que no se asustara pensando que nos puede pasar en cualquier momento). Cuando cuerpo y alma se separan, la familia suele guardar el cuerpo en un lugar que se llama cementerio para ir allí a llevarle flores o convertir el cuerpo en arena (porque el concepto “ceniza” no iba a quedar claro), y el alma viaja hasta las estrellas sin que la podamos ver y se convierte en una más.

Lo ha entendido sin problemas. Partiendo de eso le hemos contado que es algo que pasa a personas y también a animales, y que le ha pasado a su abuelito. Le hemos dicho que es normal que nos vea tristes y que él esté triste, porque lo queríamos mucho y le echaremos mucho de menos, y también qué es lo que puede hacer si ve a alguien triste y llorando por el abuelo: abrazarle, darle un beso o hablarle bonito para animarle, y que eso se llama consolar a la persona.

Ha llorado, ha entendido que no es malo llorar (como nunca lo ha sido en cualquier otra circunstancia) y que puede ver llorar a la gente estos días, que no se asuste, que es lo normal, pero sobre todo se ha quedado con la idea de que puede mirar a las estrellas para hablar con su abuelo siempre que quiera.

Sus dudas han sido dos: al momento preguntó si le iba a pasar a él o a nosotros, y le dijimos que sí, nos pasa a todos pero cuando tenemos muchos muchos años. Suficiente información por hoy, mejor que sea agradable. Y su segunda duda, un gran rato después, ha sido querer saber cómo ha pasado todo y “como es morirse”, a lo que le hemos dicho que cuando el corazón se para, es el momento de que cuerpo y alma se separen, y para ponerle nombre a lo ocurrido decimos que la persona “ha muerto”. Incluso, ha dejado claro que él no quiere ser comida para los bichos, que quiere convertirse en arena, y se ha sentido reconfortado al saber que su padre y yo tenemos la misma aversión a esa idea y ambos también queremos convertirnos en arena.

Yo tengo 28 años, hace 14 perdí a mi abuela, y esta idea es la única a la que me aferro para medio aceptar su ida. No creo en ir a los cementerios, no creo en rezos, lo único que me hace bien es hablar con ella y buscar de noche la estrella que más brilla para saber que me está mirando y me cuida. Así que sin seguir religiones en casa, aunque respetando a quien cree en cualquier otra cosa, por supuesto, hemos decidido inculcarle esta forma de entender la muerte de un ser querido, aceptarla y valorar lo que significa su ida.

¿Has tenido que tratar este tema con tus hijos? ¿Cómo lo has hecho?

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