Segundo embarazo: el tercer trimestre

Aunque ya mi Pequeño Guerrero tiene casi mes y medio de vida, no he publicado aún cómo nos fue en el tercer trimestre de este tormentoso segundo embarazo, así que hoy toca hacerlo y cerrar el círculo.

Por si no lo has leído aún, puedes ver cómo fueron el primer trimestre y el segundo, qué ocurrió a las 37 semanas y cómo fue el parto.

He de decir que este embarazo quedará grabado en mi memoria por los siglos de los siglos. Si de por sí una no olvida un embarazo, aunque con el tiempo se vayan difuminando los detalles, yo de este no me olvidaré jamás, porque vaya manera de sobrepasarse con un ser humano 😀 .

No sólo batí récords de semanas en comparación con mi primer embarazo, sino que además viví las últimas 5 semanas con la angustia vital de ponerme de parto en cualquier momento. Viví con el “¿será hoy?” pegado a mi espalda constantemente y no fue fácil de llevar, hasta el punto de llorar de abatimiento, cansancio y preocupación al filo de las 41 semanas. No en vano, terminé con fecha de inducción y hora de ingreso para las 42 semanas, justo el día que mi Terremoto cumplía los 4 años, y ver que esa fecha se acercaba y yo estaba asintomática total no ayudaba en nada. Finalmente no fue así, pero vamos por partes.

En todo el embarazo sumé 5 resfriados uno tras otro, desde finales de octubre hasta finales de febrero. Creo que aumenté las ventas de servilletas y suero fisiológico en esos meses porque me convertí en un verdadero despojo humano. Me aburrí a mi misma de tanta tos y hasta llegué a cogerme un poquito de coraje en ciertos momentos, para qué negarlo.

Este tercer trimestre estuvo marcado no sólo por los resfriados y el agobio mental de cara al momento del parto, sino también por las molestias en el bajo vientre y el evidente encajamiento de mi Pequeño Guerrero a cada paso que daba. El dolor de huesos a nivel de pelvis y la tensión en los músculos del bajo vientre me impedían dar muchos pasos sin arrepentirme luego,  y es que mi pequeño estuvo muy bajo durante todo el embarazo, y mientras él crecía yo veía las estrellas.

Además, en la semana 37 nos dijeron que estaba bajo de peso, a las justas superaba los 2,5 kilos y, aunque no había peligro porque todo lo demás estaba bien, era preferible que subiera un poco más. Por eso me mandaron reposo después de las comidas y controlar sus movimientos anotando lo que tardaba en hacer 10. Fue un poco desesperante y me añadió más carga mental.

Yo, que me había preparado mentalmente pensando que nacería en la semana 36 y tenía las maletas hechas desde la 34, vi pasar la 37, la 38, la 39 y también la 40. Ya cuando cumplí las 41 y nada ocurría empecé a tener verdadero pánico.

No tenía miedo al parto, de hecho nunca pensé en cómo sería. Para el primero,  sólo pensaba en dónde me pillaría, en dónde estaría mi marido en ese momento, y en si iba a ser lo suficientemente largo para esperar por él en caso de que le cogiera trabajando en la calle. Esta vez sólo pensaba en dónde estaría mi hijo mayor, si con nosotros o en el colegio, porque de ser así la logística se complicaba si encima mi marido estaba trabajando en la calle. Pero mi gran miedo radicaba en estar ingresada en el hospital el día del cumpleaños de mi hijo mayor, que estaba a nada de llegar.

A las 38 semanas me relajé porque le dieron vacaciones anticipadas a mi marido. Ya podía ir él a llevar y traer al niño al colegio y yo centrarme en descansar, y estaría conmigo 24h. Eso nos vino genial para reconectar como pareja y hablar mucho, pero el miedo a que el parto fuera rápido y nos pillara en mal momento estaba ahí.

A las 39 semanas otro bache en el camino. Nuestro Terremoto empezó a tener mucha legaña y a pasar malas noches. Consulta en el pediatra y diagnóstico claro: conjuntivitis y apnea del sueño. Eso se tradujo en mes y medio de tratamiento sin enlazar 3h de sueño seguidas. El agotamiento y el cansancio hacían mella en nosotros y se notaba. Actualmente, 2 meses después, todo ha vuelto a la normalidad, pero lo pasamos bastante mal, él sin poder dormir y nosotros pasando noches en vela preocupadísimos sin poder ayudarle.

El ácido y el no subir de peso me acompañaron en todo el embarazo. Perdí la cuenta de las cajas de ranitidina que me tomé de principio a fin, pero fueron más de 10 segurísimo. En cuanto a mi peso me tambaleaba siempre, subía un poco, bajaba un poco más y volvía a recuperar algo, pero nada significativo. De hecho estuve gran parte del embarazo por debajo de mi peso inicial y finalmente sólo subí kilo y medio más (y al dar a luz me quedé con 5 kilos menos).

Dos episodios de diarreas espontáneas y la vuelta de las náuseas me hicieron pensar que el parto estaba cerca, pero no fue así. De hecho estuve sin síntoma alguno de cercanía del parto, y eso acrecentaba mi incertidumbre. Hasta que me acosté a dormir la noche antes y me desperté a las 05:10h con contracciones. Había cumplido 41 semanas y 2 días y por fin llegaba el final de un embarazo tan deseado como largo y tormentoso. Por fin íbamos a conocer a nuestro Pequeño Guerrero y a empezar nuestra nueva vida.

Si quieres saber cómo fue su llegada,  pásate a ver el post de mi segundo parto.

Al final todo terminó con broche de oro decorado con diamantes y todo lo vivido esos largos meses tuvo sentido. No sólo por mi bebé sino por la revelación que me supuso.

Y tú, ¿recuerdas mucha diferencia entre tus embarazos?

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