¿Tiene celos del hermano?

Esta parece ser la pregunta por excelencia cuando tienes un segundo hijo y el mundo lo conoce. Tras la enhorabuena, sincera o no, lo siguiente es preguntar: “¿y el grande, tiene celos?”.

No veo problema alguno con que un niño sienta celos con la llegada de un hermano,  al fin y al cabo es una situación nueva, un cambio grande, una adaptación para todos, y cada uno lo afronta como mejor puede, aunque me atrevo a decir que gran parte de la reacción de los hijos de la familia depende de cómo los padres manejen la situación. Pero parece que la gente espera que les digas “ay pues mira sí, nuestra vida es un infierno desde que llegó el bebé”, porque digas lo que digas te intentan convencer de que sí, que tiene celos.

En nuestro caso la respuesta es no. Mi hijo no tiene celos de su hermano recién nacido, porque se desvive por él, por atender sus llantos, por cuidar sus cosas, le cuenta lo que hace en el cole, le canta canciones, lo llena de besos constantemente, y sin esperarlo le escuchas decirle “te quiero mucho mi hermanito”. Así que no, celos no tiene, pero su llegada sí le supuso un tambaleo en su mundo que mi Terremoto ha tenido que afrontar como mejor ha podido.

Vamos por partes.

Mi pequeño nació a mitad de semana, un miércoles, y mi chico grande no había ido al cole los dos días anteriores por ser festivos. A su hermano y a mí nos dieron el alta en el hospital el viernes y mientras tanto él estuvo con mi madre sin ir al colegio (vive bastante lejos). Por tanto estuvo toda la semana sin ir a clase y se incorporó el lunes, día de su cumpleaños. Ese día fue al colegio la mar de feliz, pero el martes hubo una excursión, la primera de su vida, y pese a ser algo que sabemos que le encantaría en otras circunstancias y a que papá le acompañara, no lo pasó nada bien.

En resumen, ese día se abrió la caja de pandora y empezó a surgir todo. Coincidió además con los preparativos de carnaval en el colegio, sus primeros carnavales, y todo cayó como fichas de dominó.

Mi hijo es un niño bastante tímido y vergonzoso de entrada, y ante las nuevas situaciones se frena, aunque con las explicaciones oportunas (si la idea le convence) y dejándole espacio se termina soltando y disfrutando como el que más, pero de entrada le cuesta.

¿Qué pasó? Que, de repente, el colegio cambió para él. Dejó de verlo como el entorno conocido que era antes y empezó a despertarse cada mañana llorando diciendo que no quería ir al colegio, que no quería carnavales, y llegando a provocarse y vomitar con el llanto. Durante el día trataba de sacar el tema y darnos “razones” para hacer ver porqué no podía ir más al colegio y tenía que quedarse en casa con nosotros.

Si a la ecuación le añadimos que yo llevaba ya semanas que no podía con mi alma (al final del embarazo) y era su padre quien se encargaba de llevarle y recogerle en el colegio, cosa que siempre hice yo, más el hecho de tener a su padre y su hermano en casa (ambos son novedad para él), el cóctel estaba servido.

Esta situación duró unas dos semanas, exactamente hasta que se acabaron los carnavales en el colegio, actividad que finalmente terminó disfrutando y pidiendo ir a la cabalgata del municipio.

He de resaltar que lleva enfermo desde Navidad, enlazando resfriados con bastante moco, conjuntivitis, apnea del sueño y noches sin dormir más de tres horas seguidas. No es excusa, pero durante el día parecía un zombie y tratar de lidiar con él y explicarle era casi en vano. Ahora que el tratamiento ha terminado y está mucho mejor, el cambio se nota.

¿Cómo lo afrontamos?

Lo primero fue comunicarlo en el colegio, me senté a hablar con su tutora y le expliqué toda la situación. Ella lo entendió perfectamente y nos ayudó bastante en el proceso teniendo paciencia con él, dándole ánimos y alabando cada progreso, le tenía como su ayudante para que se sintiera más valorado aún y nos informaba de todos los pasos que él daba en clase. Además el resto de profesoras lo sabía y entre todos formamos un buen equipo de apoyo para que él se sintiera, ante todo, comprendido.

Por nuestra parte en casa le explicamos las cosas claras, como siempre. Le dijimos que ir al colegio no era negociable porque, si no iba, papá y mamá se podían meter en muchos problemas, pero que entendíamos que quisiera quedarse en casa con su hermanito y estábamos muy orgullosos de él por eso, y que íbamos a ayudarle a afrontar la situación poco a poco. Le hablamos de forma muy positiva del carnaval (que era su principal obsesión) y pese a su negativa lo preparamos todo. Lo que le dijimos fue “vamos a preparar el disfraz del cole y a preparar los otros dos, y ya cuando llegue el día veremos que pasa”, sin darle mucha importancia a todo lo que iba a ocurrir y sin contarle con detalle lo que iba a pasar para no añadir más leña al fuego.

–Hago una pausa para explicar que hacía ya semanas él sabía que vendrían los carnavales y que la gente se disfrazaba. En el colegio iban a ser tres días, dos de disfraz libre y la murga final. Él decidió ir un día de policía y otro de médico, ya teníamos los accesorios comprados y constantemente preguntaba si ya mañana era carnaval para llevarlos al cole. Todo esto en febrero (el carnaval sería a finales de marzo), pero con la llegada de su hermano a principios de marzo todo se le descolocó. Tenía una clara angustia de separación con su hermano, y no quería dejarle atrás ni a sol ni a sombra, pero no queríamos que por este motivo su rutina y su vida cambiaran y se arrepintiera luego. Así todo, teníamos claro que él iba a tener la última palabra, pero le íbamos a animar a intentarlo hasta el final. Si desde febrero hubiera dicho que no quería disfrazarse, nuestra forma de actuar hubiera sido diferente.–

Por tanto, nuestra posición fue clara, dejar fluir la situación y darle la importancia que merecía, pero ser firmes en ciertas partes. Por ejemplo eso, “ir al colegio no es negociable, entiendo que sea difícil y que ahora te apetezca más estar en casa pero no se puede”, “todos tenemos obligaciones y dejar de hacerlas cuando hay problemas no es la solución, hay que intentarlo”.

Recalco lo de ser firme, y es que si durante el día por ejemplo se daba un golpe tonto con un juguete lo primero que decía era “¿sabes mamá?, como me duele mucho el pie mañana no podré ir al cole”, así, sin venir a cuento. Por esto entendimos que había algo de picardía en sus palabras y nos pusimos alerta para detectar dónde había realmente un problema y dónde había exageración. Nada fácil, por cierto.

Por eso, cuando vomitó el desayuno la primera vez, y lo primero que dijo fue que no podía ir al cole por si volvía a vomitar, nuestra respuesta fue “no te preocupes que no te va a pasar más, eso se te quita cuando te tranquilices”. Le aseamos, le cambiamos de ropa y le llevamos al colegio un rato más tarde. Tarde, pero fue. La segunda vez que ocurrió, mismo resultado. Entendió que no servía de nada y dejó de ocurrir.

Poco a poco, quitándole hierro al asunto, dándole importancia a lo que realmente la tenía y con mucha explicación y palabras positivas, fuimos encauzando la situación. Dejó de ver el colegio como algo malo que le impedía estar con su hermano, y se convirtió en una oportunidad de aprender y hacer cosas divertidas mientras el bebé duerme en casa. Desde el colegio me llegaban noticias positivas, y es que cada día entraba algo triste pero se le quitaba nada más empezar la rutina, y poco a poco vimos mejoría, volvía a integrarse de nuevo, a querer participar, dejó de ir tantas veces a orinar (fue su forma de desahogar los nervios)…, así que todo tomaba forma.

Por otro lado yo volví a implicarme en todo lo relacionado con el colegio, yendo a llevarle cada día y a buscarle con su padre y su hermano a la salida, tal y como él lo pidió. Además de eso busco espacios de tiempo exclusivos para él, para ir un rato al parque por la tarde o jugar en casa, e incluso ahora me pide que haga cosas que antes le pedía a su padre, como bañarle cada noche. Y lo hago. Lo principal es que él sienta que no todo ha cambiado y que sus padres están disponibles para todo lo que necesite, al igual que antes.

Finalmente llegaron los carnavales y quiso disfrazarse de médico y también de policía. No sólo entró feliz, sino que se lo pasó en grande con sus amigos. Y el día de la murga, aunque le dio una pequeña crisis de nervios al entrar al colegio, porque sabía que estarían todos los padres, con muchos ánimos y palabras de confianza se quedó tranquilo. Se disfrazó aunque no quiso pintarse la cara, y ¡salió al escenario! No cantó, aunque tampoco se le veía entre tanto niño y gorro, pero afrontó la situación. Y yo, orgullosa de su progreso, a lágrima viva entre el público viendo a mi chico grande superar sus miedos. Cuando su actuación terminó y le saludaba de lejos, su sonrisa vergonzosa me daba a entender que todo había terminado. Una fase difícil, pero superada.

Ahora ha vuelto a entrar al colegio feliz, sabiendo lo orgullosos que estamos de él por lo que hizo y disfrutando de ser un chico grande y aprender tantas cosas nuevas cada día.

Y yo lo miro en silencio y me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado en tan pocos meses, de lo rápido que pasa el tiempo y de lo grande que se ha hecho mi chico casi sin verlo. Pero sobre todo, veo lo fácil que es guiarle por la vida dejándole ser y sentir lo que necesita en todo momento, acompañado de la confianza ciega que le transmitimos sus padres y del calor de su familia.

Poco a poco, aunque el día se tiña de gris, termina saliendo el sol…

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