Elegir el nombre del bebé

Cuando nos dijeron que nuestro segundo hijo es un niño, indudablemente nuestro castillo de naipes se tambaleó un poco y es que, no sólo estábamos convencidos de que iba a ser niña ante la insistencia y seguridad de mi Terremoto, sino que encima, sólo habíamos pensado en nombre para niña.

En cuanto supimos que era un chico la primera pregunta fue: “¿y el nombre?”

Si algo nos caracteriza como padres es que tenemos las cosas claras en el sentido de los nombres. Hace tiempo conté la historia del nombre de mi Terremoto, que surgió como amor a primera vista, mucho antes de que su padre y yo nos conociéramos siquiera. Por esa razón, no había una segunda opción ni lugar a dudas. Su nombre iba a ser ese y ya.

Y si hubiera sido niña teníamos en mente un nombre que tiene mucho significado para mí, ese que quiero escuchar por el resto de mi vida y que me devolvería una parte de mi que perdí hace años. Pero claro, no va a poder ser, al menos por ahora.

Así que cuando nos dijeron que íbamos a tener un segundo chico se nos descolocó el esquema, porque tocaba buscar un nombre para él. Normalmente, los nombres vienen a nosotros, así que salir a buscarlo me daba un poco de apuro porque, ¿cómo eliges el nombre de tu hijo, ese que le va a marcar de por vida?

Nosotros siempre hemos tenido claras varias premisas con los nombres, es decir, qué requisitos debería tener un nombre. Pero de ahí a descartar sólo uno y sentirlo tuyo, hay mucho.

¿Qué debía tener el nombre de nuestro hijo?

Ante todo, ser un nombre poco común. El nombre de nuestro Terremoto así lo es, de hecho no conocemos a nadie más que lo tenga, y es un gusto saber que raramente otro niño lo iba a tener en su clase. Al parecer es más común en otros sitios, pero no aquí, y eso mismo queríamos para el nombre de nuestro pequeño. Recuerdo en mi época de colegio/instituto que había niños con el mismo nombre y la forma de diferenciarlos era por el apellido, así que al final la gente te recordará como Fulanito García, y no como Fulanito a secas. Así que no nos encantaba la idea de ponerle un nombre común por esta razón.

Ser un nombre corto. Corto, claro y conciso, ¿para qué liarse? Con mucho respeto, pero nombres como Hermenegildo, Wenceslao…me resultan largos y aburridos. Me canso antes de que termines de decirme cómo te llamas 😀 . Uno corto para ellos es más fácil aprenderlo, e incluso podrá ponerlo sin problema en esas planillas que dejan poco espacio para nombre y apellido 😀 . ¡Todo son ventajas!

Ser un nombre que no se pueda acortar. Aunque luego sus amigos les llamarán como les parezca, pero que te pongan Tomás y la gente te llame Tomy, es poco lógico a mis ojos. Es por eso que queríamos un nombre corto pero que además no pudiera acortarse más ni darle variantes al cambiarle la entonación.

Ser un nombre que sirviera para niños y para adultos/ancianos. Yo no se si a ustedes les pasa, pero conozco niños con nombres que no me los imagino de adultos, y a adultos que pienso que de niños tenían un nombre feo aunque ahora les quede bien. Por ejemplo: Bryan, para niño me encanta, pero no me imagino a un abuelo de 80 años llamándose así; y al igual, Ramón me suena bien para adulto, pero para niño no me encaja tanto. Igual me lío más de la cuenta, pero sabía que buscar nombre no iba a ser sencillo 😀 😀 .

Ser un nombre que combinara con los apellidos. Ésta era yo creo que la primera premisa, porque rápidamente a uno le suena bien o le chirría un nombre cuando lo combina con los apellidos que, indudablemente, va a tener el bebé. Que luego te acostumbras, sí, pero de entrada para mi es una buena forma de ir descartando opciones.

El origen y significado no era fundamental para nosotros, pero sí que nos sonara especial. No un nombre que escuchas y de entrada no te produce nada pero al que poco a poco te acostumbras, sino un nombre que lo escuchas y te suponga algo, que transmita algo especial.

Y finalmente lo encontramos.

Como teníamos claro que, al no tener ninguna idea en especial iba a ser mi Terremoto quien escogiera el nombre de su hermano, mi marido y yo dedicamos un buen rato a rebuscar en webs de nombres de niños, de donde sólo obtuvimos dos ideas.

Esa noche, entre sueño y sueño a mi me apareció un nombre en la mente, así de la nada, un nombre que no he escuchado mucho, que ni me gustaba ni me desagradaba, simplemente una opción que nunca había contemplado. Y cuando desperté se lo comenté a mi marido, quien accedió, con las mismas impresiones que yo, a incluirlo en la lista. ¿Y si era una señal? ¿Y si nuestro bebé quería llamarse de esa forma y nos estaba “avisando”? Suena raro, pero es lo primero que pensé.

Por tanto, terminamos con una lista de tres opciones, y esa noche, cuando estuvimos los tres juntos de nuevo, hablamos con mi Terremoto. Le dijimos que teníamos que elegir el nombre de nuestro bebé y que habíamos pensado en tres ideas, así que queríamos que fuera él quien decidiera cómo iba a llamarse su hermanito. Escogí tres dedos de mi mano y a cada uno le puse un nombre. Él, sin pensarlo, escogió uno. “¿Estás seguro?”, le pregunté. “Sí”, fue su respuesta. Al ser el dedo en el que llevo el anillo pensé que pudo verse influenciado, y volví a ofrecerle las tres opciones poniéndolas en dedos diferentes, y escogió la misma.

Tras una tercera ronda escogiendo lo mismo le pregunté porqué había elegido ese nombre y me dijo señalando mis dedos: “ni este ni este me gustan, este si”. Y, casualidad o no, nuestro bebé recibirá ese nombre que una noche cualquiera se metió en mis sueños, por decisión de su hermano. Sin pensarlo, la historia de su nombre también se convirtió en especial, sólo espero que el día de mañana le haga tanta ilusión escucharla como le hace a su hermano haber sido el encargado de escoger.

Así que por fin podemos llamarle por su nombre: Gael.

¿Has tenido alguna complicación a la hora de escoger el nombre de tu hijo? ¿Alguna corazonada? ¡Cuéntame su historia!

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