Síndrome del nido

¿Ya? Pues parece que sí. Con cinco meses de embarazo y ya me siento con inquietud de darle una vuelta a mi casa, de sustituir cosas que ya piden a gritos un cambio, de renovar la decoración pero, sobre todo, de tirar cosas.

Conforme pasa el tiempo y tengo más oportunidades de reflexionar sobre la vida, el aprendizaje y la maternidad, más cuenta me doy de que no soy quien yo creía, y que no necesito tener cosas para ser feliz.

Yo nunca fui persona materialista, ni de compra compulsiva, pero no puedo negar que en algún momento me sentí mal porque mis amigas podían comprarse ropa en tiendas donde no había talla para mí (pese a llevar una 42 de pantalón), porque algunas tenían móvil de moda pronto y yo tenía que esperar (no hablo del último móvil del mercado, pero por ejemplo ya todas tenían móvil con pantalla a color desde hacía muchos meses mientras yo seguía con uno en blanco y negro), o cuando los niños con los que jugaban tenían el juguete de moda desde hacía tiempo cuando yo conseguí el mío o quizás nunca lo llegué a tener. Jamás olvidaré lo mucho que le rogué a mis padres que me compraran un patinete para jugar con los niños en la calle, y cuando por fin tuve el mío (y gracias al periódico deportivo y sus cupones), ya nadie jugaba con él porque se habían cansado. Y no era por falta de dinero precisamente…

A lo que voy es que desde que conocí a mi marido y me convertí en madre, todo eso ha cambiado. Ya no pienso así, sino todo lo contrario. También es verdad que los tiempos cambian y la presión de grupo hace mucho, pero ahora el hecho de tener un sueldo bajo, una casa pequeña y una conciliación familiar asquerosa sólo me han influido de forma positiva, pues me han enseñado a valorar aún más las pocas cosas que tengo e, incluso, pararme a pensar lo bien que viviría con menos.

Y esto, unido a un supuesto síndrome del nido anticipado han hecho que la mitad de las cosas que veo en mi casa me estorben y sea ahora cuando me plantee deshacerme de ellas.

Es cierto que mi casa es pequeña (40m cuadrados aprox.), y sólo tenemos dos habitaciones, con lo cual la llegada de un quinto miembro a la familia (el perro siempre cuenta) amerita sí o sí una reorganización del espacio.

Ha sido ahora y no antes cuando he empezado a plantearme porqué razón tenemos una batidora de vaso que sólo utilizamos, como mucho, dos veces al año, o porqué tengo mantas y edredones que me dio mi madre cuando cambió su cama por una más grande y que, aunque están nuevos, no son de mi estilo y no los habría comprado de verlos en la tienda. Además, buscando reorganizar la habitación para meter la minicuna de nuestro pequeño, hemos tenido que cambiar la posición de nuestra cama y tal y como está ahora no es práctico vestirla con edredones. Entonces, ¿para qué los queremos? De aquí a que nuestros hijos dejen de dormir con nosotros y ver si nos da por volver a colocar la cama como antes (que no creo) pasarán muchos años, así que paso de tener esos edredones ocupando espacio porque sí.

Así que sí, esta segunda maternidad, pese a los muchos malestares que me está trayendo, me está enseñando mucho, porque me estoy planteando muy seriamente ciertos cambios que antes, por no meterme en eso, diría “ah déjalo ahí, total ni se ve”. Y es verdad, nos estamos deshaciendo de cosas que no se ven, que no estorban y que si no metes la cabeza en el armario no las ves, pero que se que están ahí y me molestan.

Igualmente empiezo a plantearme la utilidad de aquello que tengo y que necesito sí o sí, como por ejemplo la vajilla. La mía es cuadrada, la compré hace cinco años porque me enamoré de ella y ha salido buenísima, no se ha roto ni un poquito. Sin embargo, ya no la veo práctica. Los platos grandes no los utilizamos nunca porque son demasiado pesados para luego lavarlos, además que al ser cuadrados no caben con los demás y hay que guardarlos aparte. Los tazones para el desayuno los elegí yo hace el mismo tiempo, pero entre que pesan y no tienen asa para manejarlos mejor, evito utilizarlos. Pues bien, así llevamos cinco años y como si nada, pero ahora me planteo, ¿para qué los queremos entonces?

Quiero una casa práctica, útil, y que tenga lo necesario nada más. Esas cosas que tienes porque te las regalan y las usaste tres veces por la novedad, o que en su momento utilizaste un montón pero ya no es así, a mi me empiezan a estorbar aunque no molesten físicamente.

Así que hasta ese punto me ha afectado el síndrome del nido. Tenemos cosas que compramos nosotros en su momento y no usamos; cosas que nos han regalado y que, de haberlas elegido nosotros, habrían sido diferentes; y cosas que, si me pongo a pensar, no recuerdo la última vez que las utilicé. Y me planteo para qué las quiero. Si no las he usado en meses, no creo que las vaya a necesitar en el futuro y si surge algo seguro nos adaptamos, pero tener objetos por tener en estos momentos me agobia.

Por lo pronto hemos hecho limpieza de ropa de camas, y sólo ahí han salido dos bolsas de basura de las industriales (como la de la foto de inicio de este post). Es increíble que en una casa pequeña y que no está abarrotada de cosas, pueda caber tanto, sobre todo porque nos faltan estancias por vaciar… Cuando nos metamos en la cocina nos faltarán bolsas 😀 😀 .

Y tú, ¿has vivido el síndrome del nido? ¿Cuál fue el cambio más grande que te supuso tu embarazo?

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