Ser madre: 10% enseñar, 90% dejar ser

Soy madre desde hace 3 años y medio. Tengo ya mi camino recorrido, y evidentemente me falta mucho por recorrer, pero siento que he descifrado la clave para llevar las etapas que me quedan con seguridad en mi misma y no sentir miedo ante lo desconocido.

Y esa clave es confiar.

Confiar en la capacidad de mi hijo de enfrentarse al mundo, en sus sentimientos, en sus emociones, y sobre todo, confiar en su capacidad de crecerse ante las adversidades como ya tantas veces me ha demostrado.

Confiar en mí, en mi inexperiencia, en el amor absoluto que siento por mi hijo, en la fe incondicional que le tengo y en la seguridad de que tarde o temprano sabremos salir adelante en lo que se presente.

Ser madre no es nada fácil, y quien piense lo contrario que me de sus trucos, pero es el camino más bonito que una persona puede atravesar. Y es que no se trata de criar y educar a una personita que de la noche a la mañana te llega sin darte tiempo a adaptarte, también se trata de tu crecimiento como persona, y es un crecimiento que siento que no podría adquirir de no haber tenido este rol.

Y es el crecimiento en el respeto, en la confianza ciega y en la valoración de todos los seres del universo.

Suena místico, pero es así. Cuando eres madre y tienes una personita íntegra para ti y para siempre, lo mejor que puedes hacer es pararte a observarla, callarte, dejar de lado tus prejuicios, tus miedos, los patrones adquiridos en tu infancia, y ver cómo se desenvuelve en la vida sin tener idea de cómo es el mundo.

Estas pequeñas personitas que el destino nos regala son las ideales para cada una de nosotros, porque todas traen un mensaje que te cambiará la vida según como tú seas, y lo mucho que quieras aprovechar esta oportunidad.

En mi caso, mi personita especial es la horma de mi zapato, un auténtico reflejo de quien soy, el espejo que me devuelve una imagen de mi que muchas veces no quiero porque se basa en los más profundos patrones de mi infancia, un libro en blanco de miedos pero repleto de emociones que consigue tambalear todos y cada uno de mis planes cuando no son los adecuados.

Mi personita especial, mi Terremoto, es mi más bella creación, pero también el mayor cruce de caminos de mi vida. Y es que siento que desde que llegó a mi vida ya no tengo claro quién soy, ni por dónde debo tirar para quitar esas espinas que hay clavadas en mí y que él ha sacado a relucir, desmontando poco a poco el ser que yo era antes de conocerle.

Por él necesito cambiar los rastrojos de mi vida, eliminar todas las impurezas que yo adopté como buenamente pude pero que gracias a él he aprendido que tengo que desterrar porque no quiero que las copie, derribar los mitos que me ha infundado la sociedad y los patrones que he adquirido de mis padres y que, aunque no los sentía malos, no los quiero ahora para mi hijo.

Y no, no se trata de transformarme para ser una madre perfecta. Ni de lejos. Se trata de limpiar todos esos detalles de mi que nunca me han gustado pero que acepté en su momento porque “yo era así”, y que la llegada de mi hijo me ha demostrado que es todo lo contrario.

Cuando le veo en su mundo, tranquilo, aprendiendo, disfrutando de los pequeños detalles de la vida me doy cuenta de lo mucho que trajo para enseñarme y de lo poco que yo tengo que darle a él, porque así en su pureza, en su blancura, en su más tierna inocencia es perfecto, y nada tengo que agregar a esa receta tan bien hecha de la naturaleza.

¿Qué podré aportarle yo a él? ¿Enseñarle a sumar? ¿Ayudarle a leer? ¿Sostener su mano cuando quiera hacer equilibrio sobre patines? ¿Acompañar sus lágrimas y celebrar a gritos sus logros? Eso está chupado.

En cambio, él me ha traído una caja llena de temores ante la fragilidad de su persona y las maldades de la vida, llena de prejuicios que aún tengo que deshechar, llena de enseñanzas infinitas que aún me quedan por descubrir, y que irán saliendo conforme avancemos etapas.

Ya me lo demostró cuando tuvo que dejar el chupete de la noche a la mañana con 1 año y medio, aceptando la nueva situación con la mayor de las enterezas y olvidando ese objeto tan preciado para él. También lo hizo con el pañal, cuando decidió ser mayor de la noche a la mañana. E incluso con el colegio, que se ha adaptado a esta nueva realidad con una facilidad pasmosa.

¿Y qué he hecho yo? Temer. Por si no iba a poder, por si iba a ser complejo, por si no iba a saber acompañarle, por meter la pata en un momento dado, por sentirle aún incapaz…

¿Y qué hizo él? Levantar la cabeza, saltar ese bache en su camino y seguir adelante como si nada.

¿Y qué hice yo? Quedarme sentada en el camino, mirándole como una tonta boquiabierta y deseando tener su capacidad de decisión en muchos momentos de mi vida.

Es por eso que cuando le miro, cuando escucho sus conversaciones cada vez más elaboradas y razonadas, cuando recibo ese abrazo cálido que reconforta más que nada en este mundo y ese beso que te transporta a las estrellas, más cuenta me doy de que la maternidad es sólo un 10% de enseñanza, y todo un 90% de dejarles ser, de observarles y de aprender de ellos.

Y es que cada vez me queda más claro que es él quien me enseña a trazar este camino, y no al revés…

¿Y tú? ¿Qué has aprendido de tu personita especial?

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