La adaptación al colegio

Con hoy ya son tres martes que mi Terremoto empezó al colegio, con sólo una semana de adaptación, y ya lleva una semana y lo que llevamos de esta en horario completo, así que ya puedo hablar de cómo ha sido su adaptación (y la mía) a esta nueva etapa.

El primer día de todos, un lunes, las profesoras permitieron que los padres estuviéramos con ellos esa hora de clase, puesto que iba a ser un cambio grande para todos, y fue justo como lo necesitábamos los dos. Yo me había pasado la noche anterior llorando a moco tendido, pues aunque creía que estaba preparada para esta nueva etapa por la ilusión que me hacía, el golpe de realidad me hizo ver que no era así, y me costó mucho hacerme a la idea de tener que dejar a mi hijo con una extraña y marcharme.

Ya el segundo día yo iba un poco más tranquila, y aunque él lloró y se lo llevó la profesora en brazos, me dijeron que enseguida se le quitó. Me di cuenta por su amplia sonrisa y su felicidad al salir una hora después. Incluso me dijeron que entró pidiendo hacer un dibujo para su hermana (aunque aún no sabemos el sexo del bebé que espero él está convencidísimo que es una niña y ya le tiene nombre).

Los siguientes días ya todo fue rodado, sólo se emocionó un poco una vez más por ver a los demás niños llorando (las escenas que se viven en la puerta del colegio son desgarradoras, y no me extraña que ellos se vayan un poco mal, siendo claros, no debe ser fácil quedarte sin la única persona que conoces en un lugar donde todos lloran y se tiran al suelo de forma violenta), pero con un abrazo, besos, palabras de ánimo y recordándole lo bien que le había ido el día anterior, por sí solo se cogió a la mano de su profe y entró tan tranquilo.

Y ha sido el último episodio de duda por su parte.

Mi hijo es un niño dudoso de entrada. No suele lanzarse a la aventura, sino todo lo contrario, se detiene, observa y sólo cuando se convence se anima a dar un paso, antes no. Así que le di todo mi apoyo en la entrada y la salida para que recordara que, aunque entrar a veces fuera un poco complicado, dentro iba a divertirse mucho. Y así ha sido.

Ya toda la semana pasada ha entrado casi el primero, dándome prisa con el beso de despedida incluso porque ya habían abierto la puerta, y a la salida se deshace en besos y abrazos contándome cómo le fue todo o, al menos, lo que más recuerda.

A lo largo de la tarde me cuenta las cosas que va recordando, juega de forma imaginaria con los niños del cole y se pasa buen rato cantando las canciones que aprende allí.

Cada día me pregunta si me tengo que venir a casa (a 2 minutos andando del cole) o me quedo en la puerta a esperarle, y mi respuesta es siempre “¿tú que quieres que haga, que me quede o que me venga a casa?”, “que te quedes” me dice, “¡pues me quedo!” le respondo. Y tan felices todos. Él piensa que le estoy esperando fuera aunque al salir de la puerta de casa se olvida, pero le ayuda a quedarse más tranquilo sabiendo que yo le estoy esperando y que vuelvo a por él.

Así que puedo decir con tranquilidad y orgullo que la adaptación al colegio ha sido de lo más fácil para él, porque ha recibido toda la confianza y el apoyo que ha necesitado para sentir confianza en sí mismo y superar el miedo inicial.

Para mí al principio no fue fácil, pero tener a mi marido en casa hasta media mañana me ha ayudado a estar distraída y afrontar la separación mucho mejor.

Recuerdo uno de los días que una de sus abuelas le dijo por la tarde que no llorara porque era un niño grande sin yo darme cuenta (esas perlas que la gente suelta sin pensar y que bien se podría atragantar con ellas…). Al día siguiente me dijo “mamá, no te preocupes que yo no voy a llorar cuando entre al cole”, y mi respuesta inmediata fue “es normal que llores, porque vas a un sitio nuevo y te sientes nervioso, y no pasa nada por eso, si necesitas llorar, llora, y si necesitas abrazos sabes que mamá está contigo, pero siempre recuerda lo mucho que te diviertes dentro del cole y lo contento que estás cuando sales”. Su única respuesta fue abrazarme y decirme “te quiero mamá”.

Con esas palabras yo se que mi hijo me estaba agradeciendo mi entereza y la confianza que le estaba brindando, y es que me parece fundamental que entienda que puedes sentirte mal, puedes flaquear, puedes llorar, puedes gritar de impotencia, pero siempre recuerda que si necesitas ayuda la gente que te quiere está ahí para eso, sobre todo tus padres.

No entiendo porqué la gente que se entera de que ya empezó al colegio lo primero que pregunta es: “y qué, ¿lloró?”. ¿Y qué tiene de malo llorar? Parece que la sociedad tiene un problema muy profundo con mostrar las emociones, y no se porqué se pretende maquillarlas e ignorarlas para que no te afecten, cuando eso es mucho peor.

Yo no quiero que mi hijo se sienta mal por llorar, todo lo contrario, quiero que sienta que puede mostrar sus emociones y sus deseos sin problema, y que no le importe lo que los demás piensen de ello. Así como cuando quiso comprarse un vaso rosa y sin dibujos para beber agua en el cole, ¡pues compramos un vaso rosa!, ¿qué problema hay? Y tan contento que él va a clase con su vaso rosa…

Mucha gente me dijo que le iba a costar un mundo porque estaba conmigo y no iba a la guardería, “es que no tiene callo para la calle” me decían. [“Tener callo” lo utilizamos en Canarias como sinónimo de “tener experiencia/soltura en algo”]. Pues mira no, no fue a la guardería, pero fue al colegio con toda la seguridad de que si se tambalea en algún momento, sus padres están ahí para él, para acompañarle en sus sentimientos y ayudarle, no para juzgarle, tal y como pasó cuando tuvo que dejar el chupete de forma forzosa o cuando decidió dejar de usar el pañal,  y como cada noche que sigue durmiendo con nosotros a sus 3 años y medio, y nadie tiene prisa porque se vaya.

Tengo dos niños conocidos que los metieron en la guardería por comodidad de la madre desde que cumplieron los meses que requería el centro, y ambos han llorado cada día al entrar, se han negado a hacer actividades y han salido llorando. Esto comprueba que ir a la guardería y sentir que tu familia no te acompaña no te prepara para la vida como me han dicho por ahí, sino todo lo contrario.

Al final, en este camino que trazo cada día como madre me doy cuenta de que no se trata de que los niños vayan o no a la guardería, de que sean más abiertos o no, de que sean impulsivos o dudosos a la hora de dar un paso adelante, o de que tengan interés por jugar con otros niños o no. El truco para guiar bien a un hijo por la vida es dejarle escoger el camino, permitirle sentir, y limitarte a darle tu mano para generarle la confianza que necesita para avanzar en la vida. Sólo con eso, tienes mucho ganado como madre, y ni te cuento lo mucho que ellos te lo agradecen cuando sienten sus fuerzas flaquear y necesitan un apoyo. Porque el apoyo de madre debe ser incondicional siempre, sin importar si llora o no al entrar al cole, si deja el pañal con un año o con cuatro, si aprende a leer a los 6 o a montar en patines a los 10. Lo importante, la base principal de todo es que los niños sientan que estamos a su lado en todo momento, acompañando su camino en la vida para que puedan trazarlo sin miedos y con seguridad en sí mismos.

Hoy, reflexionando y recordando que este último domingo mi Terremoto se despertó decepcionado porque no había cole, y que cuando llega a la puerta entra feliz y ni mira para atrás a ver si estoy, más me reafirmo en que ser madre es duro y nadie te enseña, me juzgo más de la cuenta y me enfado más de lo que debería, pero pese a todo, no lo estoy haciendo nada mal.

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