La opinión de los demás

Criar a un hijo no es fácil. El proceso de crianza puede ser más o menos sencillo en función de cómo afrontes las situaciones que se te presentan, pero si nos vamos a lo que realmente supone criar a un hijo, no es fácil en absoluto.

No es fácil tener la constante duda de si lo estarás haciendo bien. No es fácil sentir que cualquier paso en falso repercute enormemente en esa personita que tanto adoras. No es fácil saberte observada en todo momento por un par de ojos que todo lo graban, y lo copian después. No es fácil saber que tienes en tus manos el futuro de tu hijo.

Sin embargo, es un camino muy gratificante, porque aprendemos con ellos, de ellos y para ellos. Nunca en la vida tuve una motivación tan grande para ser mejor persona como lo está siendo la crianza de mi hijo. Y es que ser un buen ejemplo es, sin duda, la base de todo.

Pero en la crianza de un hijo hay un detalle grande: la opinión de los demás. Y esto es algo que no se puede evitar.

Hace años se educaba en grupo, en tribu. Cualquiera podía corregir un hijo ajeno sin problemas, y todos lo agradecían. Yo agradezco que ya no sea así.

Y es que hay tantas prácticas, tantos pensamientos y tantas opiniones en la sociedad que no me gustan para mi hijo, que agradezco que esta costumbre ya no se lleve a cabo.

Llámame rara, llámame loca, pero a veces siento que si pudiera alejarle de todo lo que no me gusta para él, viviría mucho mejor.

“Dale un beso a nosequién, venga anda no seas bobo”, “si no me das (inserte aquí cualquier pedido absurdo) no te quiero” o su variante “si no me das (inserte la misma cosa absurda de antes) no te doy un regalo que tengo para ti”, “los niños tienen que ser buenos y hacer caso para que los papás no se enfaden”… y un montón de bellezas que oigo a diario y que casi consiguen que me sangren los oídos.

Y es que no entiendo cuál es la necesidad de la sociedad de menospreciar a los niños y sus emociones, de meterles miedos en el cuerpo sin sentido y de utilizar cualquier charla de turno para que hagan lo que uno quiere. No lo entiendo.

Yo no quiero eso para mi hijo, quiero que se le respete, que sus sentimientos se tengan en cuenta y que se le escuche. Y cada día intento no faltar a mi palabra. No es fácil, pero lo intento.

Sin embargo tengo la sensación de que el día que empiece a tener contacto en serio con la sociedad -léase todo el que le rodeará en el colegio- todo lo hecho de aquí para atrás se perderá. Sólo espero haber sentado bien las bases y que el día que sienta que sus emociones no están siendo respetadas sepa defenderlas, y buscar refugio en casa. Al fin y al cabo somos su mayor modelo, así que tengo la esperanza de que eso se mantenga.

No tengo una sola persona a mi alrededor que piense como yo, que yo vea que escucha a mi hijo y valora sus emociones, que no piense que “a una pataleta no se le hace caso, dos tortas y verás como se le quita”, o incluso “no le hagas caso que eso se le quita”. Tampoco hay quien entienda porqué no quiero dar excesivas cosas azucaradas a mi hijo, y me tachan de no darle refrescos, zumos y “cosas buenas”. Dicen que soy egoísta por negárselo, cuando no lo hago, tan solo no las compro, mi hijo sólo las ve en sus casas. No falta quien nos critique por no darle carne, por supuesto. Y lo que más abunda es ese que le niega su cariño si el niño no entra por el aro, si no es “ya no te quiero”, es “no te doy tal cosa” o si no “pues ahora lloro”.

Lo dicho, si pudiera me mudaba lejos.

¿Tan difícil es entender que uno sólo quiere lo mejor para sus hijos? ¿Por qué a la gente le cuesta tanto aceptar que los demás no piensen como ellos?

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