La importancia de un buen pediatra

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Si me sigues en Facebook posiblemente ya sepas que ayer tuvimos la revisión pediátrica de los 3 años, y también que fue un completo desastre.

Mi hijo es un niño sano, jamás visita el médico sino para las revisiones, con lo cual no pisaba la consulta desde la revisión de los 2 años. Evidentemente ya no se acordaba de la pediatra ni de la enfermera, y aunque hablamos bastante para prepararle antes de ir, no sirvió de nada.

Además, Terremoto necesita tiempo para hacer confianza en los extraños. Ese tiempo varía en función de cómo le entre la otra persona, y de si le gusta o no. Por ejemplo a las chicas de la frutería las ve una vez al mes probablemente, pero como ellas no le agobian con preguntas, se suelta rápido. Sin embargo con sus abuelos paternos siempre tendrá ese problema, porque ni le respetan su espacio, ni sus emociones, y hasta intentan quitarlo de nuestros brazos para que les haga caso. Y claramente, así no.

Pues con la pediatra ayer todo fue un desastre por eso mismo. Tanto mi marido como yo sentimos que habíamos llevado el coche al taller: “aparque aquí, apague el motor, abra el capó…” Un estilo.

Cabe decir que me habían hablado bien de esta pediatra, pero no me gusta nada. Es más seca que un palo en pleno verano, y no me da tranquilidad porque sé que no tiene el más mínimo interés en ganarse a los niños. Ella va a lo que va y punto, sin levantarse del ordenador, dirigiendo al chico de prácticas (otro palo por cierto) y sin mirar al niño, ni saludarle siquiera.

Ayer nada más entrar en consulta me dijo que me sentara en la silla mientras mi marido desvestía al niño. Sin mencionar el frío que hacía, ya de entrada imagínate tú con dos extraños, en calzoncillos y tus padres aparte. Mal empezamos.

Ella pretendía que el niño se quedara en la camilla y se dejara hacer mientras nosotros mirábamos alegremente los carteles de la consulta. Y no. Las cosas no son tan sencillas, pero lo peor de todo es que no hizo amago de mejorarlo, sino el típico “pero bueno hombre es un momento nada más, enseguida terminamos”.

Mi hijo lógicamente entró en pánico y no se soltó de mi cuello, por lo que me lo llevé un poco aparte para intentar consolarlo. Y ahí estaba ella “no se vaya, póngalo a caminar para verle los pies”. Y pretendía que pese a como estaba el niño de alterado y asustado, seguir con la consulta. Dicho sea de paso aún descalzo y sin ropa.

Al final tuve que decirle que esperara un minuto a que el niño se calmara para poder explicarle que no pasaba nada, y va y le dice al chico de prácticas “esto pasa porque están muy apegados a los padres”.

¡Tócate las narices! Encima es culpa del niño y de los padres, por lo visto ella lo estaba haciendo todo perfecto… Me callé porque soy así de tonta, pero era para decirle cuatro cosas.

Ya cuando entramos con la enfermera para medirle y pesarle la cosa mejoró un poco porque ella le hablaba, y no impidió que yo lo tuviera en brazos. Ahí hasta se soltó a hablar, ella le regaló unos dibujos y fue todo algo mejor. Cuando le puso la vacuna evidentemente lloró, pero se dejó hacer porque pude distraerle, y lo único que sintió fue el pinchazo, pero no miedo a la extraña.

Y ya cuando la pediatra puso la guinda fue cuando mi Terremoto se soltó a hablar con la enfermera y al escucharlo se asoma y le dice: “Ah mira, pero si sabes hablar y todo. Con lo antipático que fuiste conmigo y a ella le hablas…”.

Como ya habíamos terminado aprovechamos para despedirnos y salir, porque pensé “si la oigo un minuto más la cojo por el cuello como a una gallina”.

Después de la consulta me quedó más claro que nunca que necesitamos un pediatra que nos de confianza, sobre todo a mi hijo, que tenga un mínimo de vocación y que haga por entender a sus pacientes.

No es fácil ir al médico, a la mayoría no nos gusta, y es lógico pensar que un niño no se dejará tan fácil porque no entiende ni quién eres, ni lo que le haces, ni para qué. Y lo mínimo que yo le pido a un pediatra es que entienda eso, que no tome a los niños como si fueran robots y que intente que la consulta sea un poco agradable. Aunque quizás no lo consiga, pero que lo intente al menos.

No me apetece para nada tener que llevar a mi hijo siempre con miedo a la consulta, aunque tampoco espero que vaya con una sonrisa, pero si que no se me agarre al cuello lleno de lágrimas y con cara de pánico, y que encima se menosprecien sus emociones.

Lo que me dijo mi hijo al salir de la consulta me hizo ver las cosas más claras:
-Mami etoy tiste
-Porqué mi niño?
-Porque me llollé (lloré) en el meico y me asusté y lo hice toro mal

Me partió el alma escuchar eso, pero más aún que mi hijo se sintiera mal por la falta de tacto de su médico. Así que desde la tarde de ayer tiene otro diferente del que me han dicho que notaremos la diferencia. Veremos qué tal.

Y tú, ¿estás contento/a con el pediatra de tus hijos? ¿Lo has cambiado alguna vez?

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