La felicidad está en los niños

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Hoy necesito escribir. Me siento ante el teclado sin nada estipulado, y no tengo claro qué es lo que realmente va a salir aquí, pero lo que si se es que necesito escribirlo.

Ser madre me ha convertido en una mejor persona, en constante aprendizaje, en constante cuestionamiento, y en constante inconformidad. Y me doy cuenta ahora que mi hijo ha cumplido 3 años y puedo entablar una ligera conversación con él y entender su forma de pensar.

Me doy cuenta de lo mal que estamos como sociedad en algunos sentidos, y de lo rápido que los agentes externos contagian a los niños.

Yo soy Canaria, pero mi hijo tiene expresiones del tipo “vosotros”, “hacéis”, y eso claramente no lo ha escuchado en casa. No me preocupa ni me molesta, por supuesto que no, pero es el signo claro de que mi hijo y cualquier otro niño son auténticas esponjas, que todo lo ven, todo lo retienen y todo lo aprenden con una facilidad pasmosa, que se nos escapa de control.

Nosotros en casa no hablamos como los españoles que viven en la Península, ni tenemos a nadie cerca que hable con esas expresiones, así que mi hijo las tiene por la tele, por Peppa Pig, por la Patrulla Canina, por cualquier película que ve y que claramente no dice “lo hiciste bien” sino “lo habéis hecho bien”. Y no es malo, todo lo contrario, es el vivo ejemplo de que los niños aprenden todo, tanto lo que tú les enseñas como lo que no. Es una seña clara de que tenemos que controlar nuestras acciones, valorar que siempre hay unos ojos que nos miran y entender que no por ser adultos lo hacemos todo bien.

Nuestros hijos están siempre pendientes del entorno, del mundo que les rodea, y se quedan con detalles que nosotros no percibimos a simple vista, y es por eso que estamos en la necesidad de crear un mundo mejor para ellos, y a su vez, de crear mejores hijos para el mundo.

Porque el mundo necesita un cambio, grande y a lo bestia, y está en nuestra mano poner el granito de arena adecuado para ayudar a mejorar el futuro de nuestros hijos, y el nuestro propio.

Yo choco mucho con mi hijo, tenemos muchos encontronazos y la convivencia entre nosotros no es sencilla, pero soy consciente de que es mi responsabilidad. No es una autocrítica, ni un “lo hago todo mal”, sino la forma de ser consciente de que tengo que mejorar siempre, que nada está establecido.

Mi hijo con su pureza de niño, su alma limpia y su actuar de corazón, como todos los niños de este planeta, que son seres sinceros y sin maldad alguna, me hace ver minuto a minuto lo equivocados que muchas veces estamos los adultos. Queremos imponerles nuestros horarios, nuestro ritmo de vida, nuestra forma de hacer las cosas mas rápida (que no mejor), y muchas veces, por no decir la mayoría, no somos conscientes de que no es tan importante recoger los juguetes cada día, que no hay que sentarse en la mesa con el objetivo de acabarse todo el plato, y que no pasa nada porque un día no te bañes.

Me llama mucho la atención lo que yo valoro la libertad de mi hijo y su esencia de disfrutar la vida a cada instante, sin ser consciente de que soy yo misma quien le corta las alas. Y es que estoy más pendiente de que recoja sus juguetes al terminar que de lo bien que se lo pasó jugando, de darle una ducha yo misma para ahorrar tiempo sin darme cuenta de lo importante que es para él que le duche su padre, de querer escuchar música en el coche sin darme cuenta a veces de que es mejor apagarla y escucharle cantar a él.

Son simples ejemplos del día a día con los que me doy cuenta de que me dejo llevar por la rutina y por el “tengo que”, sin valorar el camino, la experiencia, el trayecto hacia el objetivo por cumplir. Y es que hay muchas veces en que el camino puede tener alguna vía secundaria que haga que el trayecto hacia el mismo fin sea totalmente diferente al esperado. Pero a veces por no querer salirme de lo establecido no le doy una oportunidad.

Y me doy cuenta de que choco tanto con mi hijo porque él es la piedra de mi camino, puesta ahí con un motivo claro, que es hacerme tropezar cada día con mi propia realidad para darme cuenta de que siempre puedo mejorar. Y que tengo que hacerlo.

No es una piedra negativa, sino todo lo contrario, una realidad pura, sincera, verdadera y limpia, que me hace ver que mientras estoy enfrascada en el día a día y en el “tengo que”, me estoy olvidando de lo mejor de la vida, que es el camino, la experiencia, y el trayecto por recorrer.

Y eso tiene que cambiar. Porque quiero ser una compañía en su camino y no un impedimento a su niñez, a su felicidad pura y a su inocencia. No quiero que mis obligaciones de adulto opaquen su libertad y su único fin por ahora en la vida: disfrutar su inocencia, exprimir los momentos al máximo y reírse de cualquier cosa como si fuera el mejor chiste del mundo.

Es por eso que, en lugar de contagiarle y meterle en mis horarios voy a intentar hacer todo lo posible para disfrutar los momentos a través de sus ojos, y mantener siempre viva a esa niña que, aunque escondida, aún hay en mi.

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