Las etapas de la maternidad

Las etapas de la maternidad

Ser madre no es fácil, y si tú que estás leyendo esto y eres madre piensas lo contrario, por favor, no te vayas sin darme tu fórmula.

Ser madre es muy gratificante, es enriquecedor, te hace crecer día a día ante la adversidad, te obliga a mejorar como persona y te crea la necesidad de revisar cada paso que das a diario, porque hay unos ojos abiertos como ventanas grabando cada uno de tus movimientos para copiarlos después.

Ser madre tiene muchas cosas buenas, pero no es fácil.

No lo es porque día a día te replanteas muchas cosas, estás continuamente buscando lo que crees mejor para tus hijos, antepones sus necesidades a las tuyas, tardas en encontrar un hueco para ti misma, si es que lo encuentras…

Me he dado cuenta, en estos casi 3 años que llevo siendo madre de mi Terremoto, que la maternidad es una montaña rusa. Quizás, quien tenga más de un hijo no perciba esto como lo percibo yo, o quizás se intensifique, no lo se porque sólo tengo uno. Pero sí es cierto que ser madre es adaptación, en todas y cada una de las líneas que conforman esta palabra.

Cuando te estrenas como madre todo es nuevo, sientes energía y ganas de aprender mezcladas con el miedo de no saber hacerlo bien, y por lo general, andas a caballo entre emociones muy diversas.

Sin embargo, llega un momento en tu maternidad (no se decir exactamente cuándo ocurre, porque siento que hay varios), en que te das cuenta de que eres capaz, te sientes bien y te aplaudes a ti misma diciéndote “oye, ¡mírate!, ¡que lo estás haciendo bien!“. Por lo general son momentos en los que caes porque te das cuenta de que de repente tu hijo está atendido y no te reclama, tienes la casa medianamente decente, has podido hacer comida, has cumplido con tus obligaciones laborales más urgentes, y ¡te has duchado!

Es ahí cuando caes y dices, “¡ostras, he podido con todo!”, y esta sensación se repite día a día. Pero pasa algo como, no se, los primeros dientes de tu hijo, y de repente todo se trastoca. Ahora ya no te da tiempo a nada, te preguntas qué te está pasando que ya todo ha cambiado, buscas y rebuscas dónde se te va el tiempo, y empiezas a dudar de tu capacidad para poder con ello.

Pero de repente, cuando te das cuenta de nuevo, los meses han pasado, has podido, y de nuevo comienzas a sentir que todo marcha sobre ruedas.

Y entonces, tu bebé se lanza a gatear / caminar. ¿Y qué pasa? Que tienes que aprender a reconducir de nuevo tu rutina y tu forma de hacer las cosas para hacerle frente a esta nueva etapa de la maternidad.

Y así, suma y sigue. Me voy explicando, ¿verdad?

En estos casi tres años de maternidad he tenido muchos ciclos, muchos momentos en que me he mirado al espejo y me he dicho así en plan dandi de película “nena, me gustas 😉 ” y otros en que sin querer me he asomado al espejo y una, no tengo idea quién es esa extraña que me mira con ganas de llorar, y dos, lleva unas pintas que si la sigo mirando me siento a llorar con ella.

Sin embargo, todo pasa.

En la maternidad hay muchos cambios, tantos como avances dé tu hijo. Y ya no es sólo adaptarte a los cambios de su crecimiento: adaptar tus rutinas para hacerlo todo decentemente en esta etapa en que está durmiendo menos por los dientes, aprender a hacer las cosas para montar a caballo sobre las rabietas y saberlas llevar…, sino también, adaptarte a tus propios miedos. Porque sí, otra parte difícil de la maternidad son los miedos.

Cuando tu bebé nace existen los primeros miedos: “¿se quedará con hambre?“, “¿tendrá frío / calor?“, “¿respirará bien mientras duerme?“. Más adelante, conforme prueba nuevas comidas siempre está el susto al atragantamiento. Recuerdo claramente perder la respiración durante los segundos en que mi hijo se metía en la boca un macarrón, hasta que le veía tragar y buscar otro, para volverla a perder unos instantes.  Y la cosa sigue: susto a sus primeros giros no sea que te despistes y se dé contra algo, susto cuando empieza a gatear sin aún tener fuerza en los brazos, tensión cuando empieza a caminar cual cowboy sin tener muy claro a dónde quiere ir, miedo cuando aún no controla el caminar pero ya quiere correr, temor cuando empieza a subir y bajar escaleras y no quiere que le ayudes, y auténtico pánico cuando se lanza con la bicicleta sin mirar atrás. Y habrá miles más.

Pero a todo te adaptas, confías en sus capacidades, y te dejas llevar. Eso, hasta que llega algo nuevo que te saca de tu zona de confort y te obliga a ver las cosas diferentes.

Y es que en el fondo siento que es eso, que cada nueva etapa que atraviesan nuestros hijos nos saca de nuestra zona de confort y nos obliga a adaptarnos, sin saber muy bien a dónde nos dirigimos, por dónde tenemos que ir, ni siquiera qué nos vamos a encontrar al llegar. Pero de repente un día, sin haberte dado cuenta, llegas, el trayecto no ha sido fácil, pero lo has logrado. Todo mejora.

Así que, desde mi corta experiencia como madre de un solo hijo durante casi tres años, algo te puedo decir, a ti que empiezas tu camino como madre, o a ti que puedes tener mucha más experiencia que yo pero pasas por un momento difícil en la crianza de tus hijos que no sabes cómo afrontar: todo pasa. Parece tópico, pero así es.

Siéntete libre de tener miedo, de llorar y de gritar cuando ya no puedas más, pero nunca, jamás, dudes de que lo estás haciendo bien, y de que en los próximos meses, sin que te des cuenta, todo habrá pasado y te sentirás capaz de comerte el mundo.

Porque ser madre no es fácil, pero es lo más gratificante que hay en el mundo.


¿Y yo?

Yo ahora mismo me encuentro en una etapa de mi maternidad bastante buena, de esas que te hacen sentir que lo estás haciendo bien. Por aquí seguimos inmersos en las rabietas y los enfados sin previo aviso, pero estamos aprendiendo a sobrellevarlo, y cada vez lo gestionamos mejor. Estoy en ese momento en que me miro en el espejo y hasta me sonrío. Veremos cuánto dura.

Porque esta racha acabará, lo se, hasta que entremos en una nueva etapa con la que me tropiece y tenga que sacudirme la tierra de los zapatos y tratar de encontrar un nuevo camino por donde seguir. A la expectativa estoy de lo que está por venir, eso si, disfrutando de este pequeño soplo de aire fresco como si estuviera en lo alto de una montaña con el pelo al viento.


Y tú madre, ¿cómo te sientes?

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