¿Y si hoy fuera tu último día?

Aún no tengo claro cuál va a ser el rumbo de este artículo, pero sí tengo claro que necesito escribirlo. Y es que siento que desde que soy madre mi vida ha dado un giro por completo en cuanto a mi sensibilidad por el ser humano.

Lo sé, no es lógico que hable de los cambios que la maternidad ha supuesto en mi ahora que mi hijo está más cerca de tener 3 años que del recién nacido que un día fue, pero escribo este artículo ahora porque es en estos tiempos que corren cuando más reflexiono sobre ello.

La maternidad me ha sensibilizado mucho, sobre todo con la muerte y el sufrimiento ajeno.

Antes ser madre (por si aún no lo sabes, lo fui con 23 años), entendía la muerte ajena como una cifra más. Es decir, que cuando escuchaba en las noticias “tres muertos y un herido en un accidente de tráfico” o “este puente ha habido 200 muertes en carretera”, nada me removía, estaba absorta en mi mundo de estudiante que veía esas cifras como algo “normal” porque era lo que escuchaba cada día en las noticias.

Yo se que no es justificable, y que quizás puedo sonar a egocéntrica al decir que no me entristecía saber que moría la gente, pero vivía con mis padres y me sentía protegida por ellos y que nada malo iba a pasar.

Sin embargo, desde que soy madre, desde que una vida indefensa como la de mi hijo depende de mí, y desde que me he convertido en cabeza de familia, todo ha cambiado.

Hace un tiempo hablé de nuestra situación laboral y familiar, y de porqué no existe la conciliación en esta casa, pero pese a tener una rutina diaria asquerosa y un sueldo de risa en comparación con el esfuerzo que supone conseguirlo, soy feliz con lo que tengo, con la familia que MaridoBello y yo estamos creando y con nuestros proyectos e ilusiones de futuro.

Por eso, es ahora que tengo algo por lo que luchar, algo mío, que tengo porque así lo quise, veo la vida de otra forma.

Ahora, cuando escucho algún caso de muerte fortuita, se me arruga el corazón, porque mi mente va más allá del suceso, y me entristece al pensar que esa persona que ha muerto tenía una vida, quizás una familia y unos planes de futuro tal y como los tengo yo. Quizás esa persona estaba planificando su boda, quizás estaba esperando un hijo o acababa de recibirlo, o quizás estaba ilusionado con un nuevo proyecto que tenía en mente, y sin embargo, un día como otro cualquiera, todo se truncó. No solo se quedó sin todo eso, sino que su familia lo vio salir esa mañana, pero nunca más volverá a entrar.

Eso me aterra, pensar que algún día pueda despedir a mi marido en la puerta de casa y que no regrese, o que quizás podamos estar en la terraza de un bar y estalle una bomba o se desencadene un tiroteo tal y como pasó hace poco en París, y pasa en tantos sitios con frecuencia.

Y no hablo de guerra, no. Hablo de muerte en general. Me siento débil ante la cruda realidad, la fragilidad del ser humano y lo fácil que es que tu vida se detenga de un momento a otro. Se que no hay que pensar en ello, que no hace ningún bien obsesionarse con el tema, pero he dado un paso más allá en mis reflexiones y ya no me obsesiono.

me obsesioné con lo que pasó en París hace casi un mes. Y es que de repente sentí que las bombas, los tiroteos y los kamikazes estaban en cualquier sitio al que iba, y entrar en el cine o en un centro comercial me ponía los pelos de punta. Supongo que nos habrá pasado a muchos, con los atentados en París, cuando ocurrieron los atentados en los trenes de Madrid, cuando fue en las torres gemelas en Estados Unidos, o cada vez que pensamos en Siria, pero a mi me pasó por primera vez con el atentado de París.

Me obsesioné hasta el punto de llorar abrazada a mi familia en silencio cada noche, miraba a mi hijo y me sentía como si me aseguraran que no lo iba a ver crecer, me daba pánico poner la televisión y saber lo que pasaba por ahí.

Pero ya no me obsesiono, porque mi marido, como siempre, me enseñó a ver más allá de mis pensamientos, y a entender que no podía hacer nada para evitar que algo ocurriera, y que por tanto debía intentar seguir con mi vida sin darle más vueltas al asunto. Fueron horas de conversación que, como siempre, me bajaron los pies a la tierra y me hicieron ver la realidad.

A raíz de ahí me entristezco cuando conozco un suceso en el que alguien fallece, le doy vueltas a cómo podía haber sido su vida o qué planes dejaría a medias, y eso me hace ver lo cerca que puede estar el fin sin que lo valoremos.

Este lunes pasado pudimos ver un camión hormigonera parado en el arcén de la autopista, y de ahí para atrás una cantidad impresionante de coches, parados sin poder pasar porque la Guardia Civil lo impedía. ¿Qué había pasado? La hormigonera se había roto, el camionero había parado en el arcén y se había bajado a ver qué pasaba, y otro coche que venía se lo había llevado por delante. Su cuerpo yacía en el carril central de la autopista.

Dijeron que ese chico estaba trabajando en una obra a unos cuantos kilómetros del accidente, y allá se dirigía a llevar material. Posiblemente llegaba tarde, quizás estaban apurados para entregar la obra a tiempo, y de repente el vehículo se le paró y le atrasó más el trabajo. Sin imaginar que le quedaban segundos de vida pensó en bajarse del camión a ver qué pasaba. Y ya. Su vida se acabó pasa siempre.

Quizás tenía familia, quizás había hablado con su novia de tener hijos, quizás estaba loco por una compañera de trabajo y nunca le dijo nada, quizás discutió con su mujer antes de marcharse a trabajar esa mañana. Dijeron que cuando el compañero que le esperaba en el destino se enteró de lo que había pasado entró en crisis de ansiedad. Quizás además de compañeros eran amigos, quizás este otro le amaba en secreto, quizás habían quedado para salir a ligar esa noche…

Se me ocurren tantos y tantos quizás que me entristece muchísimo lo que le ocurrió a ese chico, porque es el ejemplo claro de lo que siento. Imagínate, tú que lees esto, que mañana sales por la mañana a trabajar y no regresas nunca más. ¿Cuántas cosas dejarías a medias? Y si trabajas desde casa, imagina que tu pareja o tus padres son los que se despiden de ti y no vuelves a verlos. ¿Qué es lo que te quedarías sin decirles?

Es duro pensarlo, pero es la cruda realidad. No sabemos dónde y cuando está nuestro final, pero sí podemos hacer algo porque nuestro camino sea agradable y positivo mientras llegue. Por eso…

  • Si amas a alguien en secreto díselo, el no ya lo tienes ¿y si te llevas una sorpresa?
  • Dale un repaso a tu día a día. ¿A que hay cosas insignificantes que igualmente te enfadan? No permitas que ese final pueda llegar mientras estás enfadado con alguien por una tontería.
  • Se que el día a día con hijos es duro, pero establece prioridades, piensa que las paredes pueden volver a pintarse, el suelo se puede barrer y los jarrones rotos se pueden sustituir por otros más bonitos, pero no te enfades por detalles de los que te arrepentirías si fueran la causa de tu última conversación con tus hijos.
  • Se amable por la calle, sonríe aunque tengas un mal día, agradece un buen gesto ajeno, devuelve los favores que pidas y dona en caridad aquello que no necesites. Puedes hacer mucho bien a quienes no conoces y seguro que dejarías una buena huella en el mundo.
  • Se paciente con los demás: con tus hijos, con ese conductor novato que está delante de ti, con esa abuelita que cruza la calle mientras tú esperas y con tu nueva mascota mientras aprende dónde tiene que hacer sus necesidades.
  • Si te sientes mal con alguien díselo y arregla las cosas en lugar de prejuzgar y criticarle por lo bajo; a tu pareja, a tus hijos, a tus padres, a tu familia en general, demuéstrales cuánto les quieres y lo que significan para ti, y es que no hace falta regalos, con una llamada diaria es suficiente; valora el esfuerzo de tus trabajadores y recompensa su labor con una palabra de aliento y una sonrisa, quizás con eso les solucionas muchos quebraderos de cabeza; si agradeces y valoras tu trabajo hazle saber a tus jefes lo contento que estás con él, y da lo mejor de ti cada día.
  • Sencillamente, trata de aportar felicidad a la vida de los demás, los conozcas o no, porque eso puede cambiar mucho las cosas.

Hace poco escuché una gran frase que viene a mi mente cada vez que me despierto por las mañanas, y es que me caló hondo. No se si era así exactamente, pero más o menos: “si hoy fuera tu último día de vida, ¿querrías hacer lo que tienes planeado para hacer hoy? Si tu respuesta es no, hay algo que tienes que cambiar”Forma parte de un discurso que dio Steve Jobs y me parece perfecta para tenerla como ley de vida.

Reflexiona conmigo, piensa en tu día a día, en la cantidad de veces que te enfadas con tus hijos cada día porque no recogen sus juguetes, en las discusiones que tienes con tu pareja porque no cierra la tapa del WC o porque deja el maquillaje tirado en el baño, en los gritos que pegas al volante cuando sales del trabajo, en lo cansado/a que estás cada noche para jugar con tus hijos, en lo mucho que te molesta esa actitud de tu cuñada o la rabia que te da que se inventen mentiras a tu costa. ¿Te gustaría que un mal sentimiento te invadiera en el último día de tu vida?

Yo soy una persona de mucho carácter y le tengo poca paciencia a mi hijo, así que mi respuesta rotunda es NO. ¿Qué respondes tú? ¿Le damos una vuelta a la situación para quedarnos solo con lo bueno? Seguro que ambos queremos dejar un buen recuerdo…

¿Te has parado a pensarlo? ¿Cómo afrontas tu día a día? ¿Hay algo que te gustaría cambiar?

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