De trucos, técnicas y otros desvaríos maternales para sobrevivir a una rabieta

La tan temida etapa de los dos años nos ha llegado antes de tiempo. A los 11 meses. Como lo oyen. Estamos a punto de cumplir los 15, así que ya llevamos casi 4 con los malos humores, con las negativas, con las demostraciones de rabia cuando algo no le gusta o no le sale… Aunque a veces resulta simpático verle enrabietarse por todo (el padre dice que parece una olla a presión, que se calienta por el culo 😉 ), no siempre es agradable estar al lado. Sobre todo ahora que, llegados los calores, la incomodidad crece, y nos hemos pasado el día completo a base de berrinche, nervios y disgustos. A SuperNanny le daba yo una habitación en mi casa, a ver lo que duraba…

Por eso, harta ya de vivir al borde de un ataque de nervios (¡ay lo que se está perdiendo Almodóvar en esta casa!), me agarré a un clavo ardiendo y decidí buscar ayuda. Tras mucho leer y leer, aprender y aprender, y tras laaargas conversaciones con MaridoBello sobre lo mal que lo estábamos haciendo, porque si la situación no avanza es que algo estamos haciendo mal, hemos llegado a una conclusión: esto tiene que cambiar. Así que, nos hemos sentado, yo con él y el conmigo, y hemos tomado cartas en el asunto.

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Imagen sacada de la web (GuíaMamayBebe.com)

Una de las cuestiones que más temíamos, fue la primera en llegar y es el “no”. Bueno, recalco que Terremotillo no dice “no”, claramente, sino “¡ah!”, se da la vuelta y echa a correr cuando le decimos algo. Por tanto, buscando ayuda por internet, descubrí que es bueno hacerles entender que sus “no” tienen un valor. Es decir, de nada sirve entrar en conflicto. Ya había leído yo una frase que me marcó “escoge tus propias batallas”, y no era mentira. Así pues, estamos poniendo en práctica estas dos premisas con más o menos buenos resultados.

¿PORQUÉ ME DICE A TODO QUE NO?

En primer lugar, hemos de saber que la etapa de las negativas llega cuando el niño se empieza a dar cuenta de que es un ser independiente, porque hasta ahora se pensaba una parte dependiente de la madre, y comienza a ver que, tal como le negamos ciertas cosas que son peligrosas o no debe hacer, él también puede oponerse a lo que no le gusta o lo que no le interesa ahora mismo, aunque le encante. Y de esta forma, aprende que su voz también tiene una fuerza, que también él puede decidir, y que sus decisiones pueden cambiar el rumbo de las cosas.

Aunque suena lógico, porque lo es, ser conscientes de ello nos hace ver que nuestro hijo no pretende ponernos a prueba, no pretende hacernos sentir mal ni que demos el brazo a torcer a su favor. Tan sólo quiere descubrir el mundo, y esta es sólo una parte más de su aprendizaje.

Dicho de otra forma, sabiendo la teoría, la práctica puede resultar más sencilla.

¿CÓMO PUEDO EVITAR LOS MALOS RATOS?

Antes que nada, aclaro que yo no soy experta en el tema, ya lo saben, tan sólo una madre al borde de la histeria que necesitaba una solución, y que parece haberla encontrado. Eso sí, no doy garantías de nada. A nosotros nos está funcionando, pero veamos por cuánto tiempo.

Nuestros trucos:

  1. Hacerle ver que sus “no” tienen valor, pero también una consecuencia. Dicen que, cuando entiendan esto, dejarán de usarlos de forma automática.
  2. Evitar aquellas situaciones en las que sabemos que habrá un conflicto, o suavizarlas.
  3. Escoger las batallas que queremos pelear, y reconocer qué es lo que podemos dejar pasar por alto. Pero ojo, siempre, no es hoy sí y mañana no, porque los confundimos y es peor.

Por pasos…

1. “Hacerle ver que sus “no” tienen valor, pero también una consecuencia”.

Necesitábamos esta técnica a gritos, y fue encontrarla, y conseguir calma por un rato. Nuestro tema del terror era el cambio de pañal, sobre todo la caca. Ya saben que mi hijo es un nervio y no para quieto, con lo cual, esperar por un cambio de pañal, aunque dure segundos, es imposible para él. Por eso, cuando tenía el pañal sucio y nos veía preparar el cotarro para el cambio, corría llorando-gritando y se escondía. No se dejaba, y si le obligábamos se retorcía cual culebra, se resbalaba por el sillón (regando las bolitas que contenía el pañal por todo lado) y era una auténtica odisea.

Nuestra solución. Desde hace tiempo, cuando me da olor o le veo hacer fuerza, le suelo hablar utilizando la palabra “caca”: “muy bien, estás haciendo caca, que rico”, “mi niño tiene caca, que bien”, y cosas positivas para que vaya relacionando la caca con algo positivo de cara al control de esfínteres. Parece que ahora, poco a poco, ha comprendido el tema, y me suele avisar cuando tiene caca: o me dice “a caca”, o si le pregunto suele decir “caca” y asintiendo con la cabeza. Incluso muchas veces me dice “a caca” y empieza a hacer fuerza, como que tiene ganas y avisa. Es decir, sabe lo que es.

Me he agarrado de eso para decirle “¿tienes caca?, vamos a quitártela”. Siempre me responde “¡ah!”, y se marcha. Mi reacción: “vale, muy bien”, y me doy la vuelta y sigo con lo que estaba haciendo. Más tarde, le vuelvo a preguntar: “¿te quito la caca?”. ¿Misma respuesta? Misma reacción. Ya a la tercera, la cuarta o la quinta, cuando ya le molesta el pañal, accede al cambio, y es él mismo quien corre a subirse al sillón. Ahí le felicito, diciéndole en pocas palabras que hay que quitar la caca porque molesta, y como le encanta ayudar, le doy el paquete de toallitas para que me de una. Suele sacar un montón, pero no importa, al menos está entretenido y me deja hacer, ya después se coloca.

Suelo aplicar también la técnica con los juguetes, que suele querer recogerlos pero al ser muchos se cansa. Por eso le pregunto si quiere que lo ayude, y al decirme que no, sigo con lo mío. Tras mucho repetírselo, ve que no le queda otra, que hablo en serio y que tiene que ceder aunque no le guste. Finalmente termina por aceptar y hace lo que le pido, eso si, con ayuda.

2. Evitar aquellas situaciones en las que sabemos que habrá un conflicto, o suavizarlas. Esto no suele ser fácil, y aún nos queda mucho trabajo por hacer, pero vamos avanzando.

Ejemplo de conducta a evitar. Hace unas semanas fuimos de paseo a un centro comercial y almorzamos en un restaurante. Hasta aquí todo bien, normal, pero con un niño pequeño no lo es tanto. Hemos de pensar que son pequeños, muy movidos, están conociendo mundo, y pasar una o dos horas sentados a la mesa es imposible. Si no les escuchamos o les obligamos, tenemos berrinche asegurado. Por eso, para evitarnos malos ratos a todos, le propuse algo a MaridoBello que funcionó a la perfección.

Escogimos una mesa que no estuviera en el paso para evitar molestar al camarero con trona (del restaurante), carro y demás, y nos sentamos. Pedimos la comida y, acto seguido, MaridoBello se fue a pasear con el peque. Lo llevó caminando por los pasillos, le dejó correr, y cansarse, y yo esperaba en la mesa. Cuando llegó la comida, entraron. De esta forma, el peque estuvo medianamente cansado y aceptó sentarse en la silla. Le fuimos dando trocitos de nuestra comida, agua, y hablándole mucho, de forma que estuvo entretenido y no se aburrió. Tratamos, además, de no estirarnos mucho en el tiempo y estuvimos, a lo sumo, una hora. En el momento en que fui al baño me lo llevé conmigo para que caminara y cambiara de actividad. Salimos del restaurante sintiéndonos triunfantes por dentro. Todo salió bien.

Un rato antes de salir pudimos comprobar lo bien que lo estábamos haciendo, cuando entró una mujer con su madre y su hijo algo mayor que Terremoto, quizás 2 años. Llegaron con el niño en brazos, le metieron en la trona y se pusieron a hablar entre ellas. El niño se aburría. En lo que esperaban la comida terminó por desesperarse, y finalmente la madre montó más espectáculo que el hijo gritándole que se callara, ofreciéndole bofetadas o amenazándole con echarle del restaurante y sentarlo solo fuera. No está demás que diga que no le sirvió de nada y no había quien callara los llantos de aquel pequeño que sólo quería un poco de atención y que lo sacaran de la silla a la que, encima, estaba amarrado. Sin embargo, nadie sintió molestia porque el nuestro estuviera cerca, e incluso se sentaron en mesas contiguas a la nuestra.

Ejemplo de cómo suavizar algo…

Mi peque el otro día me pidió agua y se la di en su vaso. Vaso que luego usó para jugar dándole golpes contra el suelo. Yo no quería que lo hiciera, corría el riesgo de romperlo (es plástico duro) y de hacerse daño. Por eso, saqué un trapo del cajón de la cocina (me dio igual que estuviera limpio), y le pedí que lo llevara a la cesta de la ropa sucia en el baño, quitándole sin que se diera cuenta el vaso a la vez que le daba el trapo. Cuando corrió a cumplir el mandato, porque le encanta, corrí yo en sentido contrario a esconder el vaso en el fregadero. Salió del baño, se olvidó del vaso y se fue derecho a la tele a bailar con la música del anuncio de Hiperdino que salía en ese momento. Asunto solucionado y sin berrinches. Seguro que, si se lo hubiera quitado sin más, hubiera montado en cólera.

3. Escoger las batallas que queremos pelear, y reconocer qué es lo que podemos dejar pasar por alto.

Esto es cuestión de lógica y pensar un poco con mente fría. Por ejemplo, cuando mi peque me acompaña al baño, mientras yo me baño o me peino, él desmonta por completo la cesta de ropa sucia regando la ropa por el suelo. Pone la tapa en un lado, la cesta en otro… Está entretenido, y yo le dejo. ¿Qué más me da que juegue con la ropa sucia, puesta de un día para otro y que no tiene nada malo? ¿Porque la descoloca? Da igual. Como le gusta, jugamos a colocarla entre los dos antes de salir, ponemos la tapa, nos vamos, y se acabó. De la otra forma, mientras yo me baño, él se aburriría y seguro se desesperaría porque no le dejo tocar aquello que le atrae. Siempre que no suponga un peligro para él, no hay problema. Como esto es pan de cada día, las prendas que llevan productos, lejía, quitamanchas o algo que le pueda dañar, las meto directamente en la lavadora para que no las toque.

Claro está que este punto depende de la familia y de sus ideales de crianza. Yo no veo problema en esto, quizás alguien sí y piensa que estoy loca. Por eso, este punto debe basarse en las creencias de cada uno. El ejemplo que leí en internet era que, si el peque quería dormir con un disfraz puesto, sopesaras qué problema había. Al fin y al cabo lo que quieres es que se vaya a la cama, mejor que lo haga con alegría y no con disgustos. O si ya vas para casa y salta en un charco y se moja, no entres en cólera, al llegar a casa le cambias y ya.

Este es el primer punto que MaridoBello y yo pusimos en orden. Decidir qué si y qué no, a rajatabla. Por ejemplo, cuando va a tirar algo a la basura y vemos que se entretiene mirando las botellas de productos de limpieza (no tengo hueco en casa para ponerlas en otro sitio), decirle que “ya está, hemos terminado con la basura, y hay que cerrar la puerta”, adelantándonos a que toque algo y tener que reprocharle. Al igual que le encanta jugar con garrafas (los envases de agua de 8L), le permitimos jugar con las vacías, no con las llenas. Cuando coge una decirle que esa no, pero esta sí, dándole una alternativa para evitar el berriche.

Esto hay que cumplirlo, y si no le dejamos tocar el mando del televisor, es no y punto, hoy y siempre. Desde que se lo demos un día le descolocamos (¿porqué a veces sí y a veces no?) y entramos en conflicto.

Y bueno, esto es lo que he descubierto por ahora y que nos funciona. Claro está que no siempre, pero nos solucionan muchas situaciones de conflicto. ¿Tú como ten enfrentas a ello? ¿Tienes algún truco que nos pueda ayudar a los demás?

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