#AZdelaMaternidad… Con la H: “Herida”

Si hace unos años me hubieran preguntado cuál era para mí la peor herida, seguro mi respuesta habría estado relacionada con el amor y el desamor, y la herida más profunda sería la que alguien me dejó en el corazón. Si echo la vista atrás, tengo muchas para recordar, desilusiones amorosas, falsedades, pérdida de aquellos a los que consideré amigos y que de la noche a la mañana dejaron de serlo…

Hace no mucho, también hubiera mencionado el fin de la que creía “mi gran historia de amor”, pero posiblemente me arrepentiría, porque esa historia quedó atrás más rápido de lo que jamás hubiera podido imaginar.

Aún así, estoy segura que la mayoría de mis heridas son sentimentales, basadas en la ruptura y la desaparición de sentimientos… Reconozco que la peor herida emocional, el peor de los hachazos a mi alma ha sido la fase final del parto, cuando nació mi hijo.

Son emociones que nunca olvidaré, sentimientos y sensaciones que cuesta dejar en el olvido. Sin embargo, desde hace un año, mis mayores heridas tienen otro significado. Desde que soy madre, tengo heridas emocionales, heridas en el corazón, pero están todas relacionadas con mi hijo.

Me hiere verle sufrir, cuando pretende hacer o conseguir algo que no se le puede permitir y se enfrasca en una rabieta de la que no es sencillo sacarle, y a la que lo intentas, lo empeoras. Me hace daño no poderle ayudar, no ayudarme en esos momentos, no encontrar la solución para que dejemos de pasar tantos malos ratos como los que campan a sus anchas últimamente por casa, hasta el punto de estar pensando seriamente en buscarles una habitación para quedarse.

Me hiere no ser capaz de enseñarle ciertas cosas, más por su corta edad que por incapacidad propia, para que entienda porqué se le impide algo o porqué eso es peligroso. Sé que llegará el momento, pero su capacidad de raciocinio es aún limitada y por ello surgen las rabias y descontentos que nos inundan la casa de mala vibra cada ¿10 minutos? 20 a lo sumo…

Me hiere ver que mi hijo está aprendiendo a hacer cosas nuevas, y está sintiendo devoción por la gente, por saludarles e interactuar con extraños. A cada persona que ve, un “hola” que le regala. Me duele, porque no todos responden a ese intento de comunicación de un niño indefenso de sólo 13 meses. Pienso que no cuesta nada responderle, dedicarle una sonrisa o agitar una mano en su dirección, pero no todos lo ven así. No son pocos los que le miran raro como si fuera un niño “entrometido” por acercarse a un extraño porque sí, y los que le dirigen miradas casi fulminantes. Me hiere ver decepción en su carita inocente, seña de no entender los primeros encuentros con el desprecio humano, los primeros desencantos y las primeras angustias por no saber llegar a un extraño. Un niño nunca debería sentirse así. Es sólo un niño. Hacerle feliz no cuesta tanto.

Me hiere ver que mi hijo sucumbe a los desvaríos de la vida y se hace daño cada dos por tres sin quererlo. Me duele ver brotar su sangre limpia y brillante de una herida fruto de un despiste, de llegar un segundo tarde. Me hace daño no poderle explicar porqué pasó eso de forma que lo entienda y evitar que vuelva a pasar.

Estoy pidiendo mucho quizás, sólo tiene 13 meses y hay cosas que es imposible que las entienda, pero al estar tan adelantado, al ser tan vivaracho, nos demuestra que ya es un niño y que del bebé que fue ya sólo queda el recuerdo. Entramos de golpe en una nueva fase, y creo que no estoy preparada del todo para ello. Fueron pocos meses los que tuve un bebé, porque pronto, realmente no se cuándo, se empezó a transformar en un niño fuerte y decidido, inconsciente de la gran cantidad de peligros que puede tener la vida, pero independiente para descubrirlos por sí mismo, y eso también me hiere.

No me gusta verle sufrir, y como a toda madre, me gustaría poder estar ahí un segundo antes del golpe para poner la mano y evitarlo, me gustaría adelantarme siempre a la jugada y evitar que mi hijo derrame más lágrimas. Quiero que sea un niño feliz, un hombre feliz, y si por mi fuera, jamás conocería las púas del dolor y el ardor de una decepción.

Sin embargo…eso no está en mis manos, aunque yo no quiera, sufrirá, y eso…también me hiere.

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