#AZdelaMaternidad… con la L: “Lágrimas”

Siempre he sido una llorona, cualquier palabra bonita, cualquier seña de sentimiento hace que se me ponga un nudo en la garganta y broten lagrimitas de mis ojos. Lo que más me toca el corazón es ver a un hombre llorar.

Por educación, por cultura, siempre se ha extendido que el hombre es fuerte, varonil, que no se tambalea ante nada, por eso, ver a un hombre llorar para mí significa que las cosas van mal de verdad, y me afecta bastante. Ojo que no digo que no me guste verles llorar, todo lo contrario. Mi marido se ha criado con el “los hombres nunca lloran” y lo pasa francamente mal cuando la situación le puede y se siente culpable al desahogarse en lágrimas. Yo, sinceramente, y porque lo he vivido, prefiero a mi lado a un hombre que llore que a uno que despoje su rabia y sus sentimientos a golpes con los muebles.

Mi padre es un ejemplo y un referente para mí, es un hombre duro por naturaleza. En contadas ocasiones le he visto llorar, que yo recuerde sólo dos. Cuando murió mi abuela (su suegra) un 14 de diciembre, se mantuvo fuerte, pero el día de reyes, cuando aterrizó en la realidad y se dio cuenta que íbamos a ir a su casa todos y ella no iba a estar rodeada de nietos y juguetes, se derrumbó como un niño. Era una segunda madre para él, me aventuro a decir que se portó mejor que su propia madre. Y la segunda, cuando tuvimos un fuerte accidente de tráfico toda la familia. Él tuvo una fuerte contusión cerebral y quedó ingresado cuando a mi madre le dieron el alta. Se veía solo cada noche cuando nos teníamos que volver a casa y se que lloraba, pero nunca le vi, todos llevábamos la pena por dentro para no ahogar más al otro. Él día que por fin llegó a casa, 12 días después, se tiró al suelo de rodillas en plena calle y besó el primer escalón de nuestra casa, esa noche, los tres juntos de nuevo (mis padres y yo), muy doloridos pero vivos por suerte, lloramos como niños.

Una lágrima es un gran signo de sentimiento para mi. Sentimientos malos, horribles, vienen a mi mente al recordar las peores lágrimas de mi vida, pero sin embargo, una lágrima también trae felicidad.

Lágrimas de orgullo de mis padres el día de mi graduación al final de la carrera, sonrisa tonta y con los ojos brillantes los dos al darles la noticia de nuestro embarazo, orgullo con semi-lágrimas de emoción al saber que todo iba de maravilla tras cada revisión, lágrimas preciosas de mi madre al ver a su nieto por primera vez en un monitor y escuchar su corazón en las ecografías…

En mi vida he tenido momentos malos, muchos, pero por suerte, la mayoría de las lágrimas que he derramado desde que soy madre, son de felicidad. La primera vez que mi hijo se sentó solo con 5 meses y medio, la primera vez que se puso en pie agarrado a los barrotes de la cuna con 6, la primera vez que me agarró la mano y me demostró que quería que le llevara “a caminar” con 8 meses, la primera vez que se lanzó a la aventura y dio sus primeros pasos él solo con 9 meses y medio, cuando le regaló su primer “papá” a su padre lloré viéndole emocionado a él… son momentos inolvidables que llevan una lágrima por broche, una lágrima de felicidad.

Sin embargo, la mejor lágrima, la más bonita que he derramado, fue el día que mis padres conocieron a su primer nieto, ese que les agarró fuerte el corazón desde el primer día y que cada día lo aprieta más con el vacío que deja en su casa cuando se marcha, con cada beso que les da donde mejor le pille, con cada beso que les envía por teléfono, cada vez que les ve llegar y les recibe con abrazos, cada vez que los escucha por teléfono y grita fuerte un “¡abu!”. Él no es consciente de todo esto, pero nos hace inmensamente felices con cada cosa que hace. Pagaría por poder vivir todos estos momentos eternamente.

Yo, como madre, no puedo describir realmente la felicidad y el orgullo que siento por mi hijo, porque seguro que me faltan palabras, pero sí puedo decir que ver la felicidad reflejada en los ojos de mis padres por su nieto, es el mayor orgullo que puedo llegar a sentir.

Saber que les he hecho un regalo tan maravilloso que no tiene precio alguno, me pone un nudo en la garganta y, al recordar sus momentos juntos, no puedo evitar que me broten las lágrimas…

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“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blog iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.

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