Cuando papá es un adorno…

Desde que soy madre he oído muchas versiones de familias, y la más extendida es la de la mujer sufrida y cansada que cuida y alimenta al bebé de noche mientras el papá ronca al lado. Entre más leo, más afortunada me siento del hombre que tengo conmigo.

Durante el embarazo, perdí la cuenta de las veces que pasó la noche en vela por mis malestares, mi incomodidad para encontrar una postura decente, e incluso, mis llantos a veces sin sentido por la revolución de hormonas. Jamás me puso una mala cara, jamás recibí una mala contesta ni se viró al otro lado para seguir durmiendo. Aún teniendo que madrugar al día siguiente.

En el post sobre mi parto también lo mencioné, se portó como un hombre de principio a fin y estuvo a mi lado desde las primeras contracciones. Y desde el momento en que di a luz, jamás de los jamases, en los 9 meses de vida de nuestro hijo, me ha permitido levantarme de la cama una sola noche porque, en sus palabras, “bastante haces durante el día”.

Contar con un hombre así es un gran fortuna, no lo niego, y estoy muy orgullosa de él, de su papel como padre, como pareja y como compañero de vida.

Pero luego veo otros padres en las calles, en mi entorno, que me apena ver que no son iguales que MaridoBello. Iguales o parecidos. Pero no porque no quieran, sino porque no se les permite. Me explico.

Tengo amigas, conocidas, que se quejan de que sus parejas duermen mientras ellas pasan la noche en vela, muchas que critican que aún no haya cambiado un pañal ni mucho menos se haya levantado a mecer al bebé o le haya dado un biberón. Las comprendes, te pones en su piel y agradeces el poder ver esos momentos en que tu hijo y su padre se olvidan del mundo y sólo existen ellos dos y su juego, esos momentos en los que se te cae la baba viéndoles dormir juntos. Pero luego ves que sus parejas se acercan al bebé y ellas saltan como una liebre al grito de “así no se hace”, “no lo cojas que está dormido”, “trae que le cambio el pañal”, “tiene hambre, dámelo que voy a darle el biberón”, “deja que tú no sabes”…

Y tú, desde fuera piensas: “¿porqué no le deja hacer algo a él?”. Hay hombres que se ve que tienen interés en querer aprender, en colaborar con la crianza de su hijo, en atenderle, cuidarle, mecerle hasta dormirle, en pasar noches en vela también. De muchos, lo he escuchado: “es que ella no me deja dormirle, dice que el niño necesita el calor de la madre”. Pero hay mujeres que son muy madres, más madres que nadie, que lo saben todo, y que ni siquiera comparten la crianza del hijo con su propio padre. Ellas lo duermen, ellas lo alimentan, ellas lo bañan y lo visten, ellas calman su llanto… y luego se quejan de no tener tiempo para nada y de que el marido no se mueva a hacer algo. ¡Pero si tú no le dejas!

Hay hombres y hombres, como tantas mujeres diferentes hay en este mundo, y a nadie se puede clasificar ni criticar por sus actos, cada cual debe saber qué es lo que lo mueve a actuar de cierta forma. Pero llegados a un punto, hay que plantearse que por mucho que seamos las madres, que hayamos llevado al bebé en el vientre X meses, y que hayamos parido, somos sólo una parte más de su mundo. ¿Importante? Sí, mucho. ¿Esencial? También. Pero no únicas. Ese bebé también tiene un padre, fundamental en su crecimiento, en su riqueza personal, y posiblemente tenga hermanos a los que tampoco permitamos acercarse a él para que no lo despierten ni le molesten.

Debemos pararnos a pensar, nosotras, que somos madres, pero no el universo del bebé. Que hay algo más allá del calor de una madre, y es el calor de un padre. El bebé también tiene que conocer y reconocer a su padre, saber su tacto y su olor, interactuar con él.

Personalmente, se me cae el alma al piso cuando veo por ahí padres que cogen a su bebé y éste llora desconsolado porque quiere irse con su madre, claro, la única que reconoce. Para él su padre es un extraño, y eso es muy triste. Lejos de ser positivo, es angustioso para el papá y también para el bebé, porque está sufriendo al estar con una persona que lo único que quiere y necesita es que él sea feliz.

Por eso, desde aquí, animo a muchas madres a que se suelten la melena, a que den un poco de libertad a su bebé y le permitan compartir momentos con su padre sin estar nosotras cerca, sin estar en la casa siquiera. Los hombres son muy capaces de hacer lo mismo que nosotras, si se les deja aprender, si se les permite experimentar. Nosotras aprendemos con el paso de los días. Ellos también. Tan sólo hay que dejarles hacer. Muchas se llevarán grandes sorpresas y verán lágrimas de emoción caer al ver al su bebé y a su padre riendo a carcajadas, juntos.

Cuéntame tu experiencia, ¿qué clase de padre tiene tu bebé?

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