Nuestra experiencia con el colecho…

Cuando conocí este mundillo de la blogosfera maternal leyendo a otras mamás que hablaban de apego, me asaltaban muchas dudas. Dudas, en el sentido de cómo hacían las cosas, porque yo, por más que me imaginaba, no me veía viviendo con tanto afán la cultura del apego.

Es raro encontrar a una mamá que no amamante en este entorno, al menos yo he leído a pocas, pero lo que si abunda es una mamá lactante que además colecha y portea con su hijo. Palabras que en un principio me sonaban a chino mandarín, pero ahora se que la primera significa dormir en la misma cama con el bebé, y que la segunda habla del mundo de las mochilas y fulares portabebés, artilugios de los que hay un mundo y que yo desconocía.

Es decir, que si buscamos información sobre la cultura del apego, lo principal que nos llega es la importancia de darle al bebé seguridad, tranquilidad, y disponibilidad absoluta cuando te necesite en momentos de angustia y estrés/agobio. Por simplificar mucho el tema. Seguro que las mamás que lo practican, podrán explicar mucho mejor todo lo relacionado con el tema.

A lo que voy es que es una decisión de la mamá, es decir, has querido criar a tu hijo con apego y estar ahí en todo momento, dándole el pecho a demanda, ya no solo por alimento sino también por refugio y calor humano, durmiendo con él y llevándolo contigo, bueno, porteándolo a donde quiera que vas. Pero mi pregunta es, ¿qué pasa cuando es el bebé quien no quiere? ¿Qué ocurre cuando te has imaginado una crianza así pero llegada la práctica tu bebé no está del todo de acuerdo?

Me explico. Yo nunca, jamás, me planteé criar a mi hijo así. Me sigo explicando. Con apego sí, mi hijo me tiene a su lado las 24 horas del día y cada segundo que está despierto estoy a su lado, como compañera de juegos, como apoyo, como tranquilidad cuando se da un golpe, como refugio a sus nervios y sus enfados, como compañera en su crecimiento al fin y al cabo. Cada día, cada momento que me necesite, estoy ahí.

Pero ni por asomo se me ocurre el porteo ni colechar con él. El primero además de tenerlo prohibido, es un suplicio para él. Eso de ir atado, sin libertad para revirarse todo lo posible y ver mundo no va con él. A los tres meses lo dejó claro cuando intentó incorporarse en el maxicosi, en aquellos tiempos en los que aún lo usábamos en el carrito, y ni qué decir de las monerías que tenemos que hacer ahora para que se deje abrochar en el coche. Mi hijo es un niño libre, mucho, sin agobios y sin abrazos de más. Con la misma que viene a darte un beso y abrazarte, te da un empujoncito para que lo sueltes y lo dejes marchar. Es él quien decide cuándo, dónde y cómo le llega el cariño, aunque por supuesto, a pesar de que se enfade le abrazo, le apreto y le beso todo lo que puedo.

Lo del colecho…me picaba la curiosidad, tan sólo por experimentar una noche. Esta noche, por imprevistos del destino, la pasamos en casa de mis padres, con un frío tremendo. Aquí, Príncipe tiene la cuna de madera que no pudimos tener por más tiempo en casa, porque la madera y él, definitivamente, no son compatibles. Por esa razón, cuando nos quedamos aquí se duerme con nosotros en la cama, y luego, MaridoBello le pasa a la cuna. Pero anoche hacía frío y estaba tan calentito entre nosotros que le propuse dormir con él, para experimentar el famoso colecho. Craso error. MaridoBello se pasó la noche en el filo de la cama y yo como una pegatina en la pared. Perdí la cuenta de las veces que me despertó con un puñetazo en la nariz y ya, sobre las 7 de la mañana que pidió comida, pegó a dar vueltas en la cama tratando de dormirse, y cuando por fin pensábamos en que era momento de descansar, en medio del silencio se oyó un “ata aaaya” (seguimos sin saber significado), que nos dio a entender que no íbamos a dormir más.

El detalle en todo esto es que Príncipe tiene una forma de dormir demasiado especial, y al parecer entre nosotros no encontraba su ansiada postura y terminó enfadado y tratando de echarnos de la cama a patadas. Con lo cual, y a los hechos me remito, cada cual a su sitio.

Por eso, mi más sincera enhorabuena a todas esas familias que practican el colecho, ya no sólo con un bebé sino, cuando éste crece, con el hermanito que llega.  He visto en muchos blogs el emblema ese de “en mi cama somos cuatro” y sólo puedo llegar a pensar en el tetris o en una cama de 5x5metros. Sea cual sea la forma, olé!

No es algo que me preocupe, ni lo más mínimo, porque MaridoBello y yo podemos vernos y estar juntos muy poco rato al día. Lo suyo es que, al menos, podamos dormir juntos. Pero me llamaba la atención muy mucho. Ahora, con esta pequeña experiencia, se que es algo que no está hecho para nosotros.

(Ahora que lo pienso, llevo colechando-durmiendo en la misma cama con MiMascota 6 años, pero con él todo es más fácil, porque se mete en los pies de la cama y cuando no le conviene se marcha 😉 )

¿Practicas el colecho? ¿Es algo tan sencillo y adorable como lo plasman las palabras de tantas madres? ¿O lejos del amor y la buena fe que el acto esconde, no deja de ser una batalla campal de puñetazos y patadas por lograr un hueco, como nos pasó a nosotros?

Me encantaría escuchar anécdotas de todo tipo sobre este tema, ¡anímate y cuéntame!

Anuncios