Los niños y las mascotas

Desde que tengo uso de razón, y más al ser hija única, siempre quise un perrito. Pero nunca llegó. Llegó a mi vida en el peor momento con diferencia, para mí y para mis padres, y fue un rayo de esperanza y de ilusión que nos devolvió las ganas de seguir adelante. Es uno más de la familia y va conmigo a todos los sitios a los que me permiten entrar con él. Tan importante es para mí que, en los preparativos del bautizo de mi hijo, era fundamental encontrar un local al que me permitieran llevarlo, y por suerte así va a ser.

Por eso, cuando me quedé embarazada los comentarios por excelencia eran que al tenerle tan mimado y atendido iba a cogerle celos a Príncipe, que iba a tener que amarrarlo para que no mordiera al niño y, por supuesto, no faltó quien aseguraba que iba a tener que quitarlo porque iba a ser insoportable vivir con él. Nada menos de la realidad, ya comenté cómo hice para evitar en todo lo posible que le cogiera celos en esta otra entrada.

Y esta entrada viene a ser una segunda parte de aquella otra, o algo así. Lo que quería contarles es que aún hoy, 9 meses después, sigue habiendo quien da patadas a MiMascota cuando escucha algún gritito de Príncipe y piensa que le pasa algo y corre a darle besos, quien lleva al niño (que ya camina agarrado) hacia donde está MiMascota tan tranquilo para que “le pegue una torta”, e incluso quien le amenaza y aparta con un “te mato si le haces algo” cuando MiMascota, como animal que es, no controla su alegría y se pasa de cariñoso con el niño. En definitiva, ahora estorba.

Eso me duele, mucho, porque MiMascota fue el primero en llegar a mi vida de los tres que ahora forman mi hogar, quien ha estado siempre ahí, y aunque no puedan entenderlo para mí es como un hijo, el que me enseñó las noches en vela y el cuidado de un ser indefenso. Me enseñó a ser un poco mamá. Por supuesto tiene sus límites y no le permito muchas cosas, pero confío en él, no muerde a nadie y se que tiene un gran cariño por mi hijo.

Me parece muy importante permitirle a MiMascota explorar a mi bebé, que le huela, que le bese (donde le permitimos hacerlo), que interactúe con él (siempre con supervisión). En definitiva, que se acostumbre a él y que empiece a quererlo a su ritmo. Y va dando resultados. A Príncipe siempre le ha gustado la presencia de MiMascota, se ha “aprendido” su nombre (le llama “iki”, la versión bebé de su nombre, Micky), se alegra con un gritito siempre que le ve aparecer o cuando le ve nada más despertarse, y con un “iuiuiuiu” de alegría, los brazos estirados y la cara arrugada se acerca a quererle a su manera. Le busca cuando no le ve o si le preguntas por él. MiMascota, hasta hace no mucho, huía sin mirar atrás. Ahora se deja querer y han tenido episodios de besos y abrazos, aunque aún no termina de encajar la poca delicadeza de Príncipe y cuando le ve agitar las manos en el aire, desaparece.

Considero que los valores que una mascota puede aportar a un niño que crece a su lado no tienen desperdicio: respetar a los demás, cuidar de alguien/algo, la protección, el amor, y sobre todo, la amistad y el cariño fiel y de por vida. Es algo que puede aprender en casa, día a día y de la mejor manera, jugando. Está claro que no es la única forma de interiorizarlos, pero si tengo la oportunidad en mis manos, no se la voy a negar, a ninguno de los dos, mucho menos encerrando o amarrando a MiMascota como me han “recomendado”.

Quiero que crezcan, que aprendan, que compartan momentos juntos, pero con seguridad y tranquilidad. Quiero transmitirle a mi hijo el sentimiento tan profundo que yo tengo por MiMascota, y sobre todo, quiero que aprenda a quererle como uno más de la familia, y no como la bola de pelo para aporrear que él ve ahora mismo.

No quiero, ni permitiré jamás que MiMascota le haga daño a Príncipe, aunque se que no es su intención, tan sólo demasiada efusividad, como siempre que se alegra de más.

No quiero, ni permitiré jamás que Príncipe le haga daño a MiMascota. Ahora mismo que todo le atrae y que no controla su fuerza, en lo que más recalco es que no toque los cuencos de comida de MiMascota porque son suyos, y que aprenda a acariciarle con cariño.

No puedo decir que les quiero por igual, porque mentiría. Mis sentimientos por MiMascota no se pueden explicar, porque sería difícil de entender para quien mira a un perro y sólo ve a un animal. Mis sentimientos por mi hijo van más allá de cualquier lógica, tan lejos que tampoco los puedo explicar. Y eso, es lo que pretendo inculcarles, de distinta forma, pero a los dos por igual.

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