¿Qué es la maternidad?

Corta pregunta, pero inmensa respuesta.

Al día siguiente de nacer mi hijo, una amiga vino a verme al hospital y tras las preguntas de rigor, me preguntó en qué me había cambiado la maternidad. Y sin pensarlo mucho le respondí: “en que ahora tengo manos para hacerlo todo a la vez”.

Quién me iba a decir a mí, que estaba casi estrenando mi maternidad y que en ese poco tiempo casi todo lo había hecho MaridoBello, la verdad que escondían mis palabras. Esa amiga, anti-niños hasta los 30, me sigue preguntando en qué noto cambios, cómo lo voy afrontando y cómo hago para hacerlo todo yo sola. Y la verdad es que muchas veces no se la respuesta. Simplemente, me dejo llevar.

Por mucho que lo pueda parecer, el hecho de dar a luz no te convierte en super-mujer al salir del paritorio, no eres capaz de comerte el mundo de un bocado sólo porque ahora tienes a alguien que depende totalmente de ti, y por supuesto, no tienes la respuesta para todo. Lo que sí tienes es una gran emoción-inquietud que realmente (aunque crees que sí) no sabes cómo manejar, te sientes feliz y nerviosa a la vez, tienes a tu hijo contigo pero no sabes qué es lo que va a pasar a partir de ahora. Y sobre todo, creo que a todas nos llega antes o después, la misma duda: “¿seré capaz de hacerlo bien?”.

De hecho, nadie nace enseñado para nada, todo lo aprendemos poco a poco, pero cuando pudimos aprender el proceso de cuidar de un bebé 24 horas al día desde el punto de vista de una madre, nosotros éramos los bebés, y no podemos recordar esos meses para predicar con el ejemplo. A veces pienso que sería útil poder conservar esos recuerdos.

Pero la naturaleza es sabia, y sin darnos cuenta, el instinto nos hace sacar fuerzas de donde no las tenemos así sean las 3 de la madrugada y no hayamos dormido para tranquilizar y dormir a nuestro bebé. Y mañana, sin haber dormido, seguiremos con nuestra vida, iremos a trabajar, haremos las tareas diarias y cuidaremos de nuestro bebé sin rechistar, porque el corazón nos pide que lo hagamos. Y no hay más. No importa que no hayas comido nada en horas y tengas rugidos en tu interior, que si tu hijo necesita algo él estará primero, ya comerás cuando puedas, a ratos, de pie y haciendo cualquier cosa mientras tanto.

No importa lo agotada que estés ni las ganas de que aparezca alguien que te eche una mano, que cuando te des cuenta estarás jugando con tu hijo como si no hubiera mañana y haciendo cualquier tontería para robarle una sonrisa. ¿Y si es una carcajada? Eso te da la energía necesaria para mover el mundo, porque ¡hay que ver el poder que tiene !

La maternidad es un proceso maravilloso en la vida, tan emocionante como inquietante, e intenso a la par que agotador. Durará toda la vida, y no tenemos las claves para hacerlo todo siempre bien. Pero pienso que una de las cosas más bonitas de esta experiencia es precisamente eso, intentar encontrar las respuestas que no tienes, aprender a base de errores diarios y poco a poco ir descubriendo a tu bebé, qué cosas funcionan con él y qué cosas no.

Cuando damos la noticia de que nuestro bebé ha llegado al mundo, indudablemente pasamos a un último segundo plano, y todas las atenciones recibidas en el embarazo se esfuman. Todos quieren conocer al recién llegado e interesarse por su evolución. Sin embargo, pocos se paran a pensar que no sólo ha nacido un bebé, ha nacido una madre. Ha nacido un ser que hasta ahora fue alguien más, en mi caso una hija única recién graduada en la universidad, poseedora del orgullo de sus padres y de un novio maravilloso. El primer llanto del bebé marca la diferencia. Ahora esa hija pasa a un segundo plano y se convierte en una madre. Una madre que aún no sabe cómo, pero que a base de tropiezos aprenderá por sí misma cosas que desconocía, descubrirá un mundo nuevo ante sus ojos que no se esperaba, tendrá miedos que no sabía que existían y, sobre todo, encontrará en su interior una fuerza que no sabía que había y una energía para seguir adelante pese a todo que aseguraba no tener.

Como todo en la vida tiene sus luces y sus sombras, y aunque lo disimulemos con una sonrisa, todas tenemos momentos en los que nos sentimos desfallecer, en los que nos agobiamos porque las cosas no están saliendo como pretendemos, en los que la preocupación nos inunda y el llanto es la mejor opción. Y no es malo, por supuesto que no, es parte del proceso, es necesario drenar las emociones buenas o malas que tengamos para poder encontrar la claridad y el camino a seguir.

Eso es la maternidad, sentir que tu corazón late en otro cuerpo, sentir en tu piel el dolor de un golpe contra los barrotes de la cuna, sentir una lágrima y una sonrisa de felicidad en tu rostro provocadas por el abrazo de tu bebé, sentirte dichosa al ver que lo has conseguido, que has calmado el llanto de tu hijo y ahora le ves dormir plácidamente en la cuna.

No es fácil de explicar a quien no lo ha vivido, mucho menos a aquellos que no entienden que hayas decidido “estropear tu vida” teniendo un hijo con 23 años porque “aún te quedaba mucho por vivir”. Siempre he dicho que si no se vive algo no se puede entender bien, pero para esas personas que aún me lo dicen, mi respuesta es que yo no siento que haya echado a perder mi vida, sencillamente, ahora que soy madre es cuando realmente mi vida ha cobrado un mejor sentido.

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