¡De vacaciones con un bebé!

Como ya comenté por Twitter y en alguna entrada por ahí, nos fuimos de vacaciones por primera vez con Príncipe, y lo reconozco, pensé que sería peor. Vamos a ponernos en situación. Furgón hecho caravana de 5 metros de largo + comida + productos de higiene + toneladas de pañales (no conseguiríamos los que usa Príncipe y tuvimos que llevar de sobra) + trastos de bebé (trona, piscina para playa, bañerita, ropa, termo, biberones, esterilizador, botes de leche, compotas, papilla…) + WinnieThe Pooh y SeñorRana (peluches de Príncipe) + perro + mamá + papá. Me daba agobio solo de pensarlo. Pareceríamos un trastero con ruedas. Pero no.Salió todo muy bien y nos dio muchísima pena volver. Por circunstancias familiares y del trabajo, nos planteábamos una mudanza sin pensar a esa tierra adorada que nos enamoró, pero por ahora no es posible. El furgón está preparado por mi padre (caravanista desde hace años y manitas donde los haya) y tiene baúles y huecos por todos lados para meter cosas, de forma que podíamos guardar todo y no tener trastes a la vista. Tiene hasta una cuna desmontable de madera hecha exclusivamente para su primer nieto.

Haciendo lista de las cosas por llevar se hizo interminable, y entre más apuntaba más cosas surgían, pero lo hicimos simple. Platos, vasos y demás de usar y tirar. Tan sólo una cafetera y un calentador medianamente grande para cocinar lo que quisiéramos y calentar el agua para la comida de Príncipe. Una nevera de corcho con hielo. A Príncipe lo bañaríamos en la misma piscina en la que jugaría. La trona casi no la usamos aunque no ocupaba mucho (uno le sujetaba y el otro le daba la comida). Comidas frescas y rápidas de preparar: ensaladas, arroz con atún y millo, sopas, picoteo para cenar (embutidos, frutos secos, pan y demás) y leche con galletas o bocadillos para las mañanas. Leche, cervezas, refrescos y muchos zumos.

En definitiva, no gastamos mucho aunque sí es cierto que económicamente hicimos un gran esfuerzo para poder escaparnos unos días, y lo pasamos de maravilla. El coche se recogía perfectamente estando sentados y lo teníamos todo a mano. El viaje en barco fue una maravilla, las playas nos encantaron y sobre todo el tener incluso alguna necesidad, como un fregadero para lavar bien algo, hicieron de la experiencia algo inolvidable.

Y ahora, lo que pensaba contarles. ¿Cómo irnos de vacaciones con un bebé? No me parecía sencillo, pero no fue nada del otro mundo. ¿Qué llevamos para él? Además de su comida y sus productos de higiene y pañales, le llevamos bastantes bodys, pantalones cortos y camisillas sin mangas, calzoncillos para sujetarle el pañal si no llevaba pantalón, y una muda de ropa larga por si acaso, sabanillas y una manta. Me llevé detergente en pastillas y una botella de suavizante de ropa y cuando había ensuciado bastantes prendas las lavaba a mano en una bañerita y las tendía por donde me cuadrara. Bastantes baberos y dos gorritos para el sol.

¿Indispensables para él?

Protectores solares de cara y cuerpo muy altos, gorrita para el sol y pañal bañador. Y por supuesto, una buena sombrilla para jugar debajo.

Hay que tener en cuenta en verano que los bebés no están preparados del todo para soportar la temperatura del agua del mar, con lo cual lo ideal es refrescarle un poco o que juegue en una bañera de agua que el sol haya templado. Pero no dejarle dentro del agua porque no podrá soportarlo mucho tiempo.

Quise que Príncipe probara el agua del mar, algo que yo adoro y que sueño con poder enseñarle a nadar dentro de poco. Así que le metí con cuidadito, dándole tiempo, dejándole que mojara primero los pies, y sacándole a ratos para que no se asustara. Poco a poco cada vez sumergiéndole un poco más (sin la cabeza claro) parece que le gustó. No lloró, no se asustó, aunque si empezaba a inquietarse si estaba mucho con el cuerpo en el agua, y entonces le sacaba. Así le hicimos casi todos los días y nos encantaba ver cómo chapoteaba de gusto con los pies, pero sólo le dejábamos unos minutos.

En una de las playas vimos a una pareja de ingleses con dos niñas, una de unos 5 años y otra de meses, creo que no más que el mío, metiéndose todos en el agua a la vez. La grande jugando en la orilla y ellos dos con el agua poco más arriba de la cintura, hablando y la bebé sumergida en el agua. Había que escuchar los llantos y gritos de aquella niña y los padres ni se inmutaban, seguían hablando entre ellos. No se si su filosofía era que ya se acostumbraría al agua o qué, pero a mí se me encogía el corazón solo de verlo. La pobre no dejó de llorar hasta que se cansaron y salieron del agua.

Lo que más hay que tener en cuenta además de la temperatura del agua son las horas, la pediatra me dijo que hasta las 11 de la mañana y a partir de las 6 de la tarde, siempre en la sombra, con protector solar y gorrito, y eso hicimos. Él se lo pasó pipa toqueteando arena y queriendo probarla, chupando agua salada de nuestras manos cuando nos descuidábamos y durmiendo a pierna suelta bajo la sombrilla. Sin diarreas por nuevas experiencias (alimentos, calores y demás), sin llantos por extrañar algo y todo fue sobre ruedas, nunca mejor dicho.

Tan solo regresamos con una noticia que no esperábamos. Aún nos quedaban 15 días más de vacaciones en casa y llamaron a MaridoBello para que empezara a trabajar antes de tiempo, con lo cual volvimos con un bajón y depresión postvacacional con los que no contábamos, porque tiene un horario de trabajo malísimo y es una exclavitud. Más adelante hablaré sobre ello.

Pero bueno, nos quedamos con la gran experiencia que vivimos y sobre todo, con el recuerdo de nuestras primeras vacaciones como familia. Con suerte, ¡el próximo año más!

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