Útiles de bebé: El chupete…

Usar o no el chupete, esa es la cuestión. Hay muchos padres que simplemente no se plantean la posibilidad de dárselo a sus hijos, bien porque ellos mismos lo rechazaron de pequeños, porque otros hermanos no lo han utilizado, o porque prefieren que el bebé recurra a otros métodos, como chuparse el dedo. Como todo en esta vida pienso que la decisión final es de la persona que se ve afectada por la cuestión, en este caso, el bebé. Por tanto, se debe ofrecer, que sepa que tiene la posibilidad, y si no le gusta no debemos insistir; si por el contrario le agrada, no hay porqué negárselo.

Principalmente hay que saber que los bebés nacen con un reflejo de succión muy fuerte, y al succionar sin estar siendo alimentados, liberan endorfinas que les calman y le permiten sentirse más cómodos cuando algo les inquieta.

Esta posibilidad la encuentran en el pecho materno, y si el bebé dispone de él todo lo que necesita y succiona siempre que quiere, es decir, que no se le establezca un horario para ello, no necesitará chupete. Sin embargo, no todos los niños son iguales, y un bebé de pecho podría también necesitarlo, aunque se desaconseja su uso antes de que la lactancia esté bien establecida para evitar dificultades a la hora de agarrarse al pecho de forma correcta. Una vez que todo marcha como debe, si el niño lo necesita se lo podemos dar.

Así pues, en conclusión, la función básica de un chupete es calmar a un bebé cuando el pecho materno no está disponible. Está demostrado que el reflejo de succión es una de las tantas formas de ayudar a prevenir el Síndrome de Muerte Súbita, con lo cual resulta hasta beneficioso que el niño lo use.

Como todo, hay que precisar que el chupete debe ser un instrumento más para el bebé, y no una costumbre para tener todo el día en la boca, o incluso algo que nos sustituya. Me explico. Si el bebé está inquieto lo principal es ver si necesita algo (comida, dormir, un pañal limpio, más o menos ropa…) y si todo está cubierto pero sigue incómodo, debemos cogerle en brazos e intentar calmarle nosotros mismos. Pasearle, cantarle, hablarle, si tras probarlo todo no conseguimos buen resultado e incluso su actitud empeora, es bueno probar con un chupete.

Aún así, hay padres que al mínimo llanto o queja del bebé, le meten el chupete en la boca y ya. E incluso por lacalle vemos muchos niños que, tranquilos y viendo mundo, llevan el chupete puesto. Esto no es del todo beneficioso, pues tener la boca “tapada” de esa forma, impide que el niño se comunique, que llore si quiere hacerlo, o que experimente su entorno metiéndose cosas en la boca (del tamaño adecuado y siempre con vigilancia de un adulto, claro está). Si el niño está tranquilo y alegre no hay razón para ponérselo.

El chupete debe ser una solución calmante en el momento necesario, para poder dormirse, para darnos unos valiosos segundos que nos permitan prepararle la comida si la está pidiendo, para calmar su dolor tras una vacuna…. Si lo sabemos utilizar puede sernos de mucha ayuda, pero también resultará negativo si prolongamos su uso más allá de los 3 años, cuando puede provocar deformaciones en el paladar y los dientes del niño, suponiendo dificultades del habla y problemas que se podrían haber evitado.

Si finalmente nos decidimos por dárselo, debemos saber que hay un mundo nuevo detrás de un chupete, de formas, colores, materiales y tamaños distintos. Tan sólo debemos respetar la edad que indica el envoltorio y encontrar uno que le guste y que armonice con su cara en cuanto a tamaño, ya que no debe ser muy agradable tener una cosa enorme tapándote la cara, más si en caso de un recién nacido, no se la sabe quitar.

Un consejo básico pero muy importante, que he visto muchos padres que no lo aplican. Si su hijo usa chupete, ¡átenlo! Los broches y cadenitas son un gran invento, porque hay niños que tienden a escupir el chupete y siempre va a parar al suelo y boca abajo (¡bendito Murphy!). Con un simple gesto y nada caro, evitamos que se le caiga. Aunque siempre hay que quitarlo cuando duerman, para evitar sustos. Además yo llevo dos chupetes más de repuesto en el bolso en un portachupetes, y si por algo se le llega a caer se lo cambio.

Nosotros se lo dimos a Príncipe al segundo día de vida porque se desesperaba por comer (en el hospital lo daban cada 3 horas, 15ml, para los que mi hijo se quedaba mirando y pidiendo más, y por más que lo pedí, solo una enfermera me hizo el favor, a escondidas, de darme dos biberones juntos). Por tanto, su mejor arma era tirarse uñas a la cara y aruñarse fuertemente, tal es así que llegó a casa como si lo hubiera atacado un gato celoso. Y las manoplas, tardábamos más en ponérselas que en quitárselas. Así que para nosotros fue el mejor remedio, dárselo cuando se inquietaba 45 minutos antes de que llegara el biberón (tremendo reloj que tenemos en casa).

Ahora con casi 5 meses, sólo lo usamos para atajarle un poco el hambre cuando lo preparamos, que son segundos, pero él no espera, y para que pueda dormirse si está inquieto por algo. Y sobre todo, cuando le ponen una vacuna, que el pobre lo pasa realmente mal. De resto, nos encanta escucharle gritando y verle explorando nuevo mundo chupeteando cosas.

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