¡Qué grande eres, mamá!

Amor de madre

Estando embarazada, con todas las dudas que asolaban cada uno de mis días, y con cada pregunta nueva que me surgía, me di cuenta de que una mujer empieza a ser mamá desde que descubre su embarazo. Bien dicen que la preocupación por los hijos va en aumento conforme crecen, y que “a hijos pequeños, problemas pequeños”.

Los siete últimos meses del embarazo los pasé en casa de mi madre, ya que por el trabajo de MaridoBello pasaría gran parte del día sola y ni él ni mis padres querían eso, así que nos trasladamos a casa de mis padres para que estuviera acompañada. Y por cosas del destino, aquí seguimos.

Soy hija única, y siempre he tenido una buena conexión con mi madre. Desde que me independicé, vivo a 50km de ella y la extraño mucho. Aunque fue una decisión tomada por mí, y no me arrepiento de nada, paso mucho tiempo sola. Así fue como en mis ratos muertos empecé a valorar mucho las tardes con mi madre, y me reproché muchas veces no haber aprovechado más el tiempo cuando vivíamos juntas, ya que, como adolescente, se me iban las horas en el ordenador.

Por eso, me prometí exprimir al máximo los días junto a ella durante mi embarazo. No pude vivir el proceso con MaridoBello por culpa de su trabajo, pero lo viví con mi madre. Juntas pasamos cada tarde viendo mi barriga crecer poco a poco, e imaginando cómo sería tener a Príncipe en casa, y por supuesto, recibiendo visitas a cada rato con regalos nuevos.

Valoro mucho esos meses de embarazo en que mi vida dio un vuelco completo y mi madre estuvo ahí para mí en todo momento, para escucharme, para contestar mis preguntas y resolver mis dudas. Incluso ahora veo el “Sálvame” con otros ojos, ya que jamás me ha gustado la prensa rosa pero me acostumbré a ver cada programa con ella y a interesarme por la vida de los famosos, tan solo por eso, por pasar un rato juntas haciendo lo que a ella le gusta.

Ha sido un proceso bonito porque entre las patadas de mi hijo y sus calores por la menopausia hemos pasado buenos ratos riéndonos de nosotras mismas y tomando café cada tarde, cosa que tampoco me ha gustado nunca pero me he acostumbrado por ella.

Por eso recuerdo mi embarazo con especial cariño, no solo por todo lo que supone y es evidente, sino por vivirlo con mi madre, cada patada, cada movimiento, cada ecografía, las fotos del crecimiento de mi barriga, incluso bastantes visitas médicas con ella a mi lado en las que se le iluminaba la mirada viendo a su nieto en el monitor.

En todos esos momentos aprendí a valorar más, si cabe, a este ser maravilloso que un día me dio la vida y que ha estado siempre ahí para mí, en cada caída, en cada lágrima, en cada excursión del colegio, en cada examen y en mi graduación universitaria. Y ahora verla jugar con mi hijo en brazos, cantarle canciones nuevas y darle sus comidas, y ver como mi hijo la saluda con una amplia sonrisa nada más verla, es algo que me encoge el corazón de felicidad.

Y es que por cosas de la infancia y adolescencia, cuando le damos importancia a cosas que ahora sabemos que no tienen tanta, nunca fui capaz de ver lo que significa una madre de verdad, pero sobre todo, lo se ahora que yo también lo soy. Porque ella conmigo lo pasó mal por la falta de dinero, porque yo nunca quería comer, porque lloraba muchísimo durante meses, y jamás me faltó una palabra de aliento y de cariño.

Por eso, porque ahora se lo que significa ser madre y conozco una pequeña parte de lo que ello conlleva, solo tengo que decir, ¡qué grande eres mamá!

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